jueves, 31 de diciembre de 2009

Pues eso, que se acaba el 2009, llega el 2010...

y vamos a dejar constancia de ello en la Arcadia, ¿no?
¿Cosas malas de 2009? La peor, la muerte de un ser querido. El resto, tonterías.

¿Cosas buenas de 2010? Muchas, la verdad. La mejor: que he aprendido aún más reglas del funcionamiento de este Mundo y sus especímenes, lo cual quiere decir que si soy listo y pongo en práctica lo que ahora mismo es teoría, en 2010 me irán las cosas muy bien; mientras la salud me sonría, claro está...

Todo se verá, pero mi disposición es idónea: estoy feliz en mi piel, conozco a los que me quieren y a los que no lo hacen, y lo más importante, sé qué es lo que quiero hacer con mi vida.

Espero que todos los lectores de la Arcadia quemen la osamenta del 2009 por todo lo alto y resurjan el 1 de enero de 2010 como auténticas aves Fénix.

¡Feliz Felicidad!

martes, 22 de diciembre de 2009

Primera parte de La Teoría del Espejo (o "me enfado yo primero contigo para desvirtuar tu posterior enfado conmigo")


Pues eso, que este post va sobre la Teoría del Espejo, como la llama una amiga mía. Y es aplicable a esos casos en los que uno ve cómo un ser de su entorno afectivo se cabrea de veras con él pese a que está convencido de que no ha hecho nada, absolutamente nada, para merecer semejante actitud hostil y desagradable por parte del que hasta hacía poco era un ser querido.

Pero es que el mundo y sus habitantes son muy complicados, y resulta que hay personas que son incapaces de hacer autocrítica y responsabilizarse de algunas de las cosas malas que les ocurren (me refiero a esas cosas malas originadas principalmente por la actitud de uno mismo), y antes de reconocer su dolo, culpa o negligencia, atacan. Vamos, lo de siempre: que algunos se defienden atacando.

La Teoría del Espejo explica la extraña conducta de estas personas que sabiendo, en el fondo de su ser, que no han actuado bien, se apresuran en cabrearse bien cabreadas antes de que el enfado germine en el damnificado de turno. Esta gente piensa algo así como: "si me enfado yo con X, X no podrá enfadarse después conmigo, ya que yo me he pedido la vez primero en la cola de los enfados".

¿Conocen a algún "espejista" de estos? Son individuos fáciles de reconocer: están enfadados con un mundo que no satisface todos sus caprichos; adolecen de un claro desequilibrio psíquico que les lleva al pensamiento caótico (o todo negro o todo blanco); se creen firmemente víctimas de una conspiración planetaria engendrada con el objetivo de hacerles desgraciados; tienen problemas con todos y con todo, con amigos, familiares, amores, jefes y compañeros de trabajo.
No sólo no agradecen la ayuda de las personas bondadosas que tratan de hacerles entrar en razón y ayudarles a vivir serenamente, sino que se vuelven contra ellas cuando éstas no hacen lo que ellos quieren o dicen lo que ellos desean escuchar; su capacidad de exigencia no tiene límites, pueden llegar a estrangular emocionalmente a quien cae en sus garras, y en las situaciones límite (cuando llevan sus pretensiones, comportamientos intolerables o chantajes emocionales demasiado lejos) llega "El Espejo": actúan como deberían actuar los seres comprensivos y cariñosos que tratan de ayudarles, y se enfadan.

Vamos, que muerden la mano del que trata de sacarles del lodazal de dolor en el que viven.

(continuará)

jueves, 17 de diciembre de 2009

Requiem por la parada técnica en Lerma...


porque ahora es diferente, aunque en teoría siga habiendo una parada técnica en Lerma...

Pero no, no es lo mismo.

Adiós, adiós, al tétrico hotel Alisa, aquel que tras más de dos horas de viaje en autobús (bien con el aire acondicionado a tope dejándole a uno cubito de hielo, bien con la calefacción mórbida por los cielos dejándole a uno al borde del vómito), nos recibía con sus melancólicos camareros y sus bocadillos de pan rancio. En mi caso, casi siempre cuando había oscurecido.

En aquel mostrenco de piedra castellana con nombre de princesa antediluviana era imposible encontrar una sonrisa, acaso un gesto de amabilidad, entre sus empleados. Pero bueno, probablemente el equipo de camareros del hotel maldito bastante tenía con enfrentarse a una horda de viajeros confundidos en busca del chorizo marchito y los cafés tipo bomba estomacal que ofrecían.

Adiós, adiós, a la comitiva de viajeros zombies que se quedaban por las inmediaciones con sus propios refrigerios envueltos en papel de plata, y que deambulaban por los márgenes de Alisa como con miedo a entrar y no pedir nada, aunque quizás fuera que el lugar les revolvía el estómago, y por eso preferían sufrir las inclemencias del frío meseteño.

Un amigo ya me lo decía: "la parada técnica en Lerma es como el principio de una peli de terror, el prólogo antes de que aparezca un psicópata sierra eléctrica en mano y dé matarile a todos; o más bien, viendo a esas masas de gente torpezuela y de gesto perdido con sus bocatas, cada una en una dirección, algo sobre muertos vivientes".

Pues sí...Sí que daba para algo oscuro.

Pero ya no, porque ahora la parada técnica en Lerma, antes de llegar a la capital del Reino (a no ser que cojas el VIP), te deja en un hiperlimpio, hiperdespejado e hiperordenado amplio espacio moderno y chic de techos interminables, tienda de productos varios (Barbies incluídas) estilo gasolinera de luxe, y un pulcro servicio de cafetería tipo cadena de hotel barato, con sus bocadillos crujientes y empapelados amontonados según su relleno, y hasta platos de carne y verdura para los comensales más exigentes.

Y si mis sentidos no me traicionan, he creído ver amagos de sonrisa en los rostros serenos de sus camareros uniformados de rojo y negro.

Adiós, adiós, pues, a Alisa y a sus adustas gentes; a sus embutidos calamitosos y a sus sobaos grasientos para regalar; a sus zombies desorientados; a sus cafés venenosos; a sus paleolíticas fotos de la zona en blanco y negro (con posibilidad de ser compradas) que más que melancolía e interés, provocaban que a uno le dieran ganas de salir corriendo de allí rumbo a una playa con palmeras...

Ahora, el hotel Alisa, abandonado por todos los viajeros de autubuses que allí descansaban, está más maldito que nunca, con lo que las posibilidades de crear una historia de terror inspirada en el lugar cobran más fuerza: ¿qué tal un chofer despistado que deja a sus pasajeros, en vez de en la parada moderna, en la antigua parada, donde viven ahora los empleados fantasmas de un hotel abandonado que cobran vida para vengarse de los que dejaron de consumir allí y provocaron la clausura del lugar? Hummm...

Quizás algún día escriba algo sobre el hotel Alisa...El maldito hotel Alisa.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Happy Birthday, Mister Brian Molko


Observen la foto, ¿qué ven? ¿Chico o chica?

Pues ni una cosa ni la otra: dejémoslo en ángel, dejémoslo en Brian Molko.

De la misma forma que Michael Jackson se reía de sí mismo (y de los que estaban obsesionados con su color/no color) en una de sus canciones comentando que qué más daba que él fuera "black or white", yo desde aquí animo al excéntrico, maravilloso, talentoso, andrógino, bisexual confeso e irrepetible Brian, líder de la banda británica Placebo, que haga lo mismo: que grite que qué más da ser chico o chica...Qué más da cuando se es tan valioso.

Él es Brian, Brian Molko, el chico aficionado a vestirse de mujer, y a pintarse las uñas y los ojos de negro. Primero quiso ser actor, y se fue a Londres a conseguirlo, pero destestaba que le dieran órdenes y pautas...Gracias a Dios, supo escucharse a sí mismo, y buscó el Plan B: la música. Allí encontró su verdadera voz, la forma de vivir en libertad: su ecosistema.

Él es Molko, Brian Molko, ciudadano del Mundo con apellido ruso, padre estadounidense dedicado a la banca internacional y madre escocesa; nacido en Bruselas, residente en destinos cambiantes debido al trabajo de su padre (Líbano, Liberia, Luxemburgo...)y estudiante en exclusivos colegios internacionales (donde fue marginado por ser valiente y coherente consigo mismo y no ocultar su mágica naturaleza de rara avis).

Él es Brian Molko, un Artista que canta en su inglés materno y en su encantador francés aprendido, y que hoy cumple 37 años. Y como es el líder de una de mis bandas musicales preferidas, artífice de esas canciones que me acompañan en la soledad de mi cuarto en mis horas de martirio estudiantil y en el fondo de mis cascos oscuros durante mis paseos en soledad, desde aquí lo digo: que le deseo un feliz día de cumpleaños. Y que gracias por crear joyas como Protège moi o Slave to the wage o Meds o Battle for the sun o In the cold light of the morning o A song to say Goodbye o Twenty years...

Otro poeta maldito del siglo XXI.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Y otro trozo más...


La soledad es un sepulcro que muchas veces levantamos conscientemente sobre nuestras cabezas, pero eso sí: movidos por las circunstancias. La soledad puede pasar de ser un tesoro a ser una maldición; de ser ansiosamente buscada a ser repudiada por insoportable y mezquina.
–Hay personas que poseen habilidades sociales pero que luego son auténticas energúmenas, quiero decir: saben cómo y cuándo ser simpáticas u ocurrentes, y cuándo, más frías y duras, y así, lograr lo que se proponen, pero luego, en cuanto a bondad y calidad humana dejan mucho que desear. Son animales sociales, pero no buenas personas —le decía yo a Henry, aludiendo a mis joviales acosadoras, aquella tarde en la que el cielo nos declaraba al fin una suerte de tregua. Algunos rayos de sol, incluso, se habían atrevido a romper la gris uniformidad del firmamento bilbaíno—. Y precisamente por eso prefiero estar sola que acompañada por esa clase de seres, no quiero pasar mi tiempo con animales.

Caminábamos por la larguísima calle de Máximo Aguirre, cerca de la casa de la abuela de Laura, tras apearnos del autobús que acababa de cruzar el puente de Deusto.
Aquella tarde, pese a que yo me había dado tanta prisa como había podido en recoger mis cosas, Henry se había rezagado (quizás a causa de la debilidad que le había dejado la enfermedad) y habíamos perdido el autobús de itinerario mágico. Así que tomamos aquel otro, el siguiente que llegó. La idea de apearnos cerca del Parque de Doña Casilda, a media hora de casa, fue idea de Henry, y yo acepté. Me apetecía pasear por aquel hermoso parque con estanques llenos de patos y cisnes, fuentes y estatuas de piedra, y vegetación oscura, un pequeño oasis dentro de la jungla urbana.

No supe si era porque estaba cansado o porque le apetecía prolongar nuestro paseo, pero a los pocos minutos de pulular por allí Henry me propuso detenernos un rato en una cafetería del parque.

–Es que tú también eres un animal, Ana –me dijo mientras nos sentábamos en las mesas de fuera, algo oxidadas piezas de mobiliario de jardinería aún húmedas por las lluvias recientes. Me sorprendió que aquella cafetería tuviera terraza a las puertas del invierno, pero bien protegida, eso sí, por paneles macizos y toldos. Ante su acusación, guardé silencio.

–Bueno, no tienes prisa, ¿verdad? –me preguntó al ver que consultaba la hora en mi reloj. No era lo suficientemente avispado como para deducir que lo hacía como un tic nervioso, por hacer algo, por mantenerme entretenida en una tontería que me permitiera olvidarme un poco de que me había sentado a charlar con un ser humano de mi edad tras dos meses de rara relación.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Pedazo sobre la tía Eloísa


—Bueno, sea lo que sea, lo primero de todo, levántate —hablé y me comporté como veía que hacían las heroicas enfermeras en las películas bélicas: con sumo cuidado pero con firmeza, para no dejar a la víctima que se empachara sin remedio a base de autocompasión y victimismo. Pero la situación de mi tía era menos grave que la de aquellos soldados de las películas a los que quemaban la piel o amputaban miembros; al menos, vista desde fuera.

Al final —y no sin mi ayuda—, logré que se incorporara, se sentara en el sofá y se echara la tupida capa de pelo oscuro hacia atrás (me recordaba a una de esa niñas de párvulos cuya afición preferida consiste en meterse gruesos mechones de pelo en la boca). Enderecé la lámpara —símil instantáneo y poco afortunado de la caída de la espigada figura de Eloísa sobre el suelo—, y me senté a su lado. Y al momento me di cuenta de que mi tía había bebido más de la cuenta. El inevitable olor a humo que desprendían su cabello y su ropa se mezclaba con su perfume penetrante y goloso, el de las ocasiones especiales, y con el aroma a vino tinto de sus bien dibujados y algo resecos labios rosáceos.

La miré fijamente a los ojos. Mis secas e inquisitorias esferas marrones contra sus enrojecidas y acuosas esferas marrones: no tenía escapatoria, no podía huir, deslizarse como uno de los pliegues de sus vestidos danzarines y dejarme con la palabra en la boca. Tenía que darme una explicación.
Pese a los surcos del dolor, su rostro de divinidad egipcia aterraba en toda su magnificencia a la tenue luz de la lámpara rescatada. Me devolvía la mirada aquella mujer imposible, sangre de mi sangre, a la que había llegado a odiar y a la que entonces pretendía consolar o, por lo menos, escuchar y comprender.
—Ana, hace meses que me veo con un hombre casado —declaró como una flecha efectiva y directa. No había vergüenza ni en su voz ni en su tono, pese a las generosas cantidades de vino que, posiblemente, circulaban por su sangre—.Y esta noche hemos discutido porque, una vez más, han incumplido su promesa de que…
Como hay niños pequeños que se tapan con ambas manos las orejas para no escuchar algo que les disgusta, en aquella ocasión yo hice algo parecido, sólo que mis manos no se movieron del hombro y del codo de Eloísa, donde estaba benignamente instaladas: me “tapé” los oídos figuradamente para no escuchar una frase de telefilme barato y repetitivo. Era demasiado desagradable para mí.

Diatriba del viajero espacio-temporal


Voy a emprender el viaje, ya no puedo dar marcha a atrás, pero si lo pienso bien...
va a ser un viaje casi inútil.

Casi, inútil...

Cometeré los mismos errores que cometí; los mismos, pero de otro modo...

No podré impedir ninguna muerte de ningún ser querido; los míos se fueron de la mano de enfermedades invencibles antes e invencibles ahora: seré incapaz de retenerles a mi lado.

Las guerras que he vivido, los conflictos que he visto, las muertes de miles de desconocidos de las que he sido testigo lejano, volverán a producirse: porque por mucho que logre ser un hombre multimillonario y poderoso en este nuevo pasado gracias a la picaresca del que conoce de antemano resultados de sorteos y valores seguros, continuaré siendo un pobre diablo sin voluntad ni ingenio para luchar contra el sistema; mucho menos, cambiarlo...

Quizás sepa entonces defenderme de los que me ofendieron, ¿y qué? El destino que les ha aguardado en esta realidad les atrapará del mismo modo en esa otra, con la única diferencia de que sabrán que yo soy capaz de plantarles cara; pero, probablemente, en algún momento de sus vidas me olvidarán, y mi triunfo no será nada más que una enclenque anécdota sin importancia...

Podré presumir de saber lo que va a pasar en nuestro tumultuoso mundo en los próximos años, pero como no diré nada por miedo a ser descubierto o ser tachado de brujo, acabaré medio chiflado de decirme a mí mismo: "Voilà! He ahí el acontecimiento X en la fecha Y, yo ya lo sabía"...Y no hay nada más triste que disfrutar de un, digamos, don en soledad...

Se va a tratar de un viaje casi inútil, casi...

porque el propósito de este viaje

no es impedir muertes ni guerras, ni salir victorioso de batallas que perdí en su momento, ni ser el tipo más rico y estrafalario del planeta,

no, no, no...

Mi objetivo es lograr, esta vez, que ella se quede conmigo.

¿Sienten curiosidad por saber si lo lograré o no?

No les prometo nada, pero trataré de que lean sobre ella y sobre mí en sus enciclopedias...

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Última noche en el Venice Simplon (final)


—Porque vale una fortuna, naturalmente.

—¿Me está queriendo decir que un hombre como usted, con su aspecto y maneras, y pasajero de un tren de lujo, necesita idear una desquiciante apuesta para hacerse con el valioso reloj de otro tipo? —preguntó Gerard desconcertado pero, asimismo, intrigado por la historia que aquel mister Williams pretendía relatarle para hacerse con su Rolex.

—Por favor, no me haga decirle eso tan manido de que las apariencias engañan, monsieur Chevallier —se defendió el inglés sin elevar su dulce tono de voz—. Es evidente que usted da por hecho que yo soy un hombre adinerado y con un charme difícil de imitar, posiblemente uno de esos aristócratas británicos incluidos en la lista de sucesores al trono de la reina Isabel II. Pues créame cuando le digo que está usted profundamente equivocado si piensa así…Jamás adivinaría la clase de hombre que soy. Y resulta que mi condición, por llamarlo de alguna manera, me impide cederle de forma totalmente gratuita, pese a que me gusten usted y sus libros, la suculenta historia que conozco y que sé que le interesará…

—¿Quién o qué es usted realmente, mister Williams? —preguntó un ya incómodo Gerard, agitado por aquella risa nerviosa que le invadía en situaciones en las que no sabía cómo era más correcto actuar.

—Si escucha mi historia, mi breve historia, se hará una idea de quién soy, de lo que soy… —contestó el intrigante hombre sin perder un ápice de su cautivador encanto—. Venga, Chevallier, confíe en mí: no pierde nada por intentarlo. Si mi fábula no le resulta apasionante, no perderá su precioso reloj; pero si sucede lo contrario, créame que la plasmará en una cuarta novela que le devolverá la gloria y le permitirá comprarse decenas de relojes como el que lleva. ¿Acepta?

—Si me comprometo a darle mi reloj sólo si su historia me vuelve loco…, supongo que sí: trato hecho —terminó por afirmar Gerard pese a que una parte de él comenzaba a pensar que estaba tan desquiciado como el inglés de la camisa morada.

Así, con estas palabras, los dos hombres cerraron el peculiar trato y el escritor Gerard Chevallier escuchó atentamente la historia que el tal mister Williams le ofrecía a cambio de su Rolex. Mientras las palabras brotaban de boca del inglés envueltas en su cautivadora voz, el resto de ocupantes de La Estrella del Norte continuaban absortos en sus cenas y en sus chácharas, ajenos a aquella narración que les implicaba como jamás hubieran pensado.

Cuando el inglés terminó de hablar —tal y como había prometido no había tardado más de cinco minutos—, se dirigió a Gerard de este modo:

—¿Qué le parece, monsieur Chevallier? No me diga que mi historia no le ha dejado de piedra, que no le da para una novela…¿Puedo quedarme, entonces, con su Rolex? —preguntó acariciando la dorada pulsera del reloj y clavando sus refulgentes y maliciosos ojos claros en las atónitas pupilas negras de Gerard.

—Es todo suyo, mister Williams —contestó con el ceño fruncido Gerard mientras se desembarazaba de su reloj, desechando así la idea de que aquel chalado le estuviera tomando el pelo. Porque algo le decía que no, que aquel mister Williams no le estaba gastando ninguna chanza, y que si en la hora siguiente, atendiendo escrupulosamente a sus consejos e indicaciones y sin decir nada a nadie, no hacía como él y no saltaba del tren en marcha, volaría por los aires junto al resto de los pasajeros del Venice Simplon.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Última noche en el Venice Simplon (6)

—¡Valiente tremendista! —exclamó Williams mostrando un gesto de susto forzado en su rostro de belleza patricia—. Aún es usted joven, monsieur Chevallier, ¿quién le dice que en un año, en dos, en cinco, me da igual, no le vuelvan a pinchar las musas?

—Sin ánimo de contradecirle de forma tan cruda, mister Williams —defendió Gerard su triste situación—, le confesaré que esto no tiene remedio.

—¿Pero de qué vivirá entonces si ya no escribe?

—Déjeme que le diga que he ganado dinero suficiente con mis tres libros como para vivir sin preocupaciones durante una buena temporada. Además, Diane, me ha sugerido que quizás pueda trabajar como profesor…

—¿Diane? —preguntó el inglés mirando de nuevo el reloj de pulsera de Gerard.

—Sí, Diane, mi prometida.

—Así que en París se reunirá usted con una mujer de la que parece estar enamorado…

—Lo estoy, amigo. Este viaje me ha ayudado a comprender lo mucho que la quiero y que, perdón por la sobredosis de glucosa, deseo envejecer junto a ella.

—Pues es usted muy afortunado, Gerard —dijo el inglés con un deje melancólico.

—¿Y usted? ¿Es que no tiene a nadie? ¿Esposa, novia, amiga…? —trató Gerard, poco sutilmente, de arrancar a mister Williams algún dato sobre su vida. Pero el aludido negó muy serio con la cabeza y se escabulló sin vacilar.

—El amor de esa Diane le ayudará, con toda seguridad, a aliviar su frustración…

—Yo no estoy frustrado, mister Williams— afirmó incómodo Gerard.

—No discutiré con usted sobre eso, pero apuesto a que le gustaría llegar a su casa, tras casi dos años de ausencia, con una gran historia que regalar a sus lectores, ¿o no? —inquirió el hombre con gesto de zorro astuto.

—Por supuesto que sí, pero mi viaje llega ya a su fin y tal cosa no ha ocurrido, mister Williams: esa historia no existe —replicó un cada vez más molesto Gerard. Intuía que aquel hombre iba a darle en breves momentos alguna clase de sorpresa, y no se equivocaba.

—¿Sabe una cosa, Chevallier? Aparte de que, como ya le he confesado, siento una profunda devoción por sus libros, le diré que me ha caído usted bien, francamente bien. Y he de reconocer que rara vez alguien me cae tan bien como usted, y mucho menos a la media hora de conocerle, como es su caso. Parece un tipo noble, sensato, culto, y lo que es más loable, humilde pese a su éxito. Lamentaría mucho que no escribiera usted nunca más. Por eso le propondré algo: me ofrezco a relatarle en cinco minutos, ni uno más ni uno menos, una apasionante historia que seguro que consigue reavivar su creatividad. Y cuando termine, si no le queda más remedio que reconocer que le he concedido un material lo suficientemente excitante como para revivir a su exigua tenia inspiradora, me regalará su Rolex.

—¿Cómo dice? ¿Que me dará una trama maravillosa a cambio de mi Rolex? ¿Pero tiene usted idea de cuánto cuesta este reloj? —preguntó Gerard entre la histeria y la indignación señalando su preciada y querida joya. Aquel inglés debía de estar definitivamente chiflado.

—No, no…, creo que usted no me ha entendido…No le digo que me dé su reloj a cambio de una historia, sino que me lo regale sólo si lo que a continuación le voy a narrar logra despertar en su espíritu la pasión suficiente como para condensarlo en una novela: en su cuarta e imposible novela.

—¿Y se puede saber por qué quiere mi reloj?

lunes, 16 de noviembre de 2009

Última noche en el Venice Simplon (5)

La ansiosa curiosidad de Gerard no podía por menos de sentirse excitada por aquel ser. Ya le había sucedido en muchas, en innumerables ocasiones, sentirse atraído por un personaje que, al menos aparentemente, desprendía misterio a mansalva. No en vano, las tres novelas que había publicado con tanto éxito se habían basado en sus experiencias con figuras semejantes a las de aquel hombre de la camisa morada: observando los movimientos de personas envueltas en un halo de intriga con las que no había llegado a intercambiar ni una sola palabra, las había terminado por convertir en ejes centrales de historias de todo tipo.
Pero Gerard estaba entonces convencido de que era incapaz de escribir nada más ni con aquella técnica ni con otra, y decidió desviar su atención del desconocido comensal nocturno, y centrarse en el humeante y preciosista plato de carne que le acababan de servir, que sabía, oh sorpresa, a pollo con compota de manzana.

Sin embargo, no pudo disfrutar durante mucho tiempo de su menú, porque aunque sus ojos no pudieran creer lo que veían, en cuestión de segundos el dandi cincuentón se plantó frente a su mesa, y con una sonrisa acompañando su musical acento inglés, se dirigió a Gerard:

—Buenas noches, caballero. No deseo para nada molestarle, pero le seré sincero: creo que es usted Gerard Chevallier, no me equivoco, ¿verdad?

—En absoluto, señor —dijo Gerard visiblemente halagado ya que había llamado la atención de un hombre con semejante aspecto.

—Y como he visto que al igual que yo está cenando en completa soledad, me he preguntado si no le importaría que me sentara con usted. Sólo si le apetece, no se sienta obligado por la dictadura de la cortesía…

Gerard, agradecido e intrigado por aquel tipo de buen ver y excelentes modales, no pudo por menos de contestar afirmativamente, y el inglés se sentó con él tras dar instrucciones para que el casi intacto plato de pasta le fuera trasladado a su nueva ubicación.
El dandi se presentó como mister Williams, sólo como mister Williams, sin apellidos ni más señas. Williams poseía uno de esos tonos de voz, cristalinos y aterciopelados al mismo tiempo, que provocan que uno no se canse jamás de escucharlos. Parecía un tipo amable, pero a Gerard le incomodaba que no apartara la vista de su fabuloso Rolex.

—No me puedo creer que vaya a compartir esta velada con usted, monsieur Chevallier —comentó el hombre observando a Gerard como si fuera una suerte de aparición divina, pero sin caer en la adulación gratuita o en esa clase de devoción que incomoda sobremanera al homenajeado de turno—. He leído sus tres libros con verdadera pasión, y no sabría decirle cuál me ha gustado más, cuál me ha calado más hondo…He copiado en mi agenda numerosas frases de sus novelas que recogen reflexiones existenciales que comparto con usted al cien por cien pero que yo hubiera sido incapaz de poner en palabras como usted ha hecho…Pero dígame, ¿qué le ha traído al Venice Simplon? Solo, además…

Gerard dudó, en milésimas de segundo, si merecía la pena confesarle a aquel desconocido que tras una infructuosa búsqueda en pos de la inspiración había decidido tirar la toalla. Y tras evaluar brevemente el gesto tranquilo y afable del tal mister Williams, al que seguramente no volvería a ver después de ese viaje, decidió no mentirle.

—Que se le ha muerto la inspiración, me dice; pues qué lástima…Pocos escritores contemporáneos logran llegarme al corazón, y usted créame que lo ha conseguido —confesó mister Williams con la mano derecha posada sobre el pecho, casi en el corazón—. Esperaba como agua de mayo su nueva obra. ¿No puede tratarse lo suyo de una crisis pasajera?

—No es mi intención decepcionarle, mister Williams, pero creo que esto es definitivo…—declaró un estoico Gerard antes de dar un sorbo a su copa de champagne.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Última noche en el Venice Simplon (4)


Cuando una vez arreglado se contempló en el espejo de su baño privado, comprobó que continuaba siendo bastante atractivo pese a su delgadez, y que su piel estaba más dorada y brillante que nunca gracias a los soles de los exóticos parajes que le habían visto en los últimos meses. En aquel espejo de medio cuerpo volvió a reconocer al cultivado y lenguaraz muchacho burgués que había conquistado a todos con su arrebatador estilo sin precedentes. Y se maldijo en silencio por no ser capaz de seleccionar, de entre todas las historias y experiencias recolectadas durante su interminable viaje, las semillas precisas para escribir algo nuevo, algo bueno. Volvía a París con las manos vacías.
El tren poseía tres vagones restaurante, y Gerard escogió uno llamado L’Étoile du Nord, La Estrella del Norte, por el simple hecho de que era el nombre que más le gustaba. Como se imaginaba, las gentes que por allí se movían iban de punta en blanco, luciendo vestimentas y joyas que hacían que su caro traje de impecable corte y luminoso tejido se asemejara al modesto uniforme de un simple y correcto camarero, hasta el punto de que una pareja de octogenarios emperifollados llegaron a pedirle dos san franciscos cuando pasó cerca de su mesa. Pero Gerard no se molestó, estaba de muy buen humor: volvía a casa y se encontraba en un lugar espléndido, donde el lujo y la exquisitez brotaban sin límites en cada rincón, algo que de lo que no se había empachado precisamente en su vuelta al mundo, ya que, firmemente convencido de que lo “auténtico” germinaba sólo en las zonas más alejadas de la mano de Dios, se había movido principalmente por aldeas apenas civilizadas, hoteluchos de mala muerte y un sinfín de garitos poco recomendables.
La noche había caído ya sobre el tren, y las luces que iluminaban La Estrella del Norte, provocaban que las exquisitas cuberterías y cristalerías resplandecieran tanto como los diamantes y los gemelos de sus divinos ocupantes.

Gerard ocupó una mesa situada al final del vagón. Cuando comía solo, algo que llevaba haciendo casi dos años, no le gustaba situarse en el ojo del huracán. Y no por miedo a que se le acercara algún fan desquiciado (durante su largísimo viaje sólo había sido reconocido en media docena de ocasiones por discretísimos admiradores), sino porque le gustaba más observar que ser observado; al fin y al cabo, era o había sido, narrador de vidas ajenas.
Pidió al camarero alguna de aquellas exquisiteces que la carta mostraba —y que, al final, siempre sabían a lo mismo: a pollo con compota de frutas—, y mientras disfrutaba de su copa de champagne helado, miró con curiosidad a su alrededor. Comprobó que la edad media de los comensales sería de unos setenta y ocho años. Estaba claro que el ambiente recargado (y algo rancio) del Venice Simplon atraía más a las generaciones vetustas que a la nueva y joven clase alta, más interesada en fiestas desenfrenadas en cruceros monumentales. Sólo él y otro hombre que cenaba solo, situado a apenas dos mesas de la suya, rebajaban la media. Se trataba de un apuesto cincuentón tan elegantemente vestido como el resto de los pasajeros, pero con un toque de encanto dandi; lucía su aún abundante cabello rubio peinado hacia atrás y una camisa de seda morada bajo su impecable americana de terciopelo negro. Picoteaba con ostensible desgana un plato de pasta; masticaba sin apenas mover la larga boca de su agradable rostro, dotado de una amplia nariz, un poderoso mentón tan pálido como el resto de su piel, y un par de incisivos ojillos celestes que, pese a estar aparentemente concentrados en observar el paisaje negro que corría tras la ventana, miraban de reojo hacia donde Gerard se encontraba. Aquel hombre era, sin duda alguna, uno de esos personajes que con su sola presencia consiguen eclipsar a la práctica totalidad de los elementos presentes en su radio de acción y atraer hacia sí todas las miradas.

martes, 20 de octubre de 2009

Última noche en el Venice Simplon (3)


El viajar de forma continua y en completa soledad a lo largo y ancho del mundo durante tantas semanas, además de un puñado de desagradables anécdotas (como una dolorosa enfermedad causada por un parásito en un pueblecito de Kenia, o un robo a punta de pistola en Nueva York), habían causado evidentes estragos físicos y psíquicos en Gerard, por lo que las palabras que Diane le había dedicado en su última llamada telefónica unidas a su desoladora estampa, le condujeron rápidamente a la decisión de acabar definitivamente con su periplo mundial y regresar a París, aunque fuera sin ninguna historia que ofrecer a sus insistentes editores.
Atrás quedaban Nueva York, Nueva Orleáns, México, California, Alaska, las islas Hawai, Nueva Zelanda, Japón, China, la India, Rusia, Irán, Siria, Egipto, Kenia, Grecia o Italia, su último destino, testigos todos estos lugares de sus infructuosos intentos por empaparse de una nueva savia que, a modo de combustible, pusiera de nuevo en marcha su maquinaria creadora. Gerard volvía a casa.


A través de la ventana del compartimiento, el paisaje que le llegaba continuaba siendo verdoso y aún soleado pese a que el fin de la jornada se acercaba. Mientras se desperezaba tras una siesta que había durado tres horas, sonrió con la boca abierta y dejó escapar un hondo y largo gemido liberador. Luego, desechando de su equipaje las abundantes ropas descoloridas y holgadas que en los últimos tiempos había portado, comenzó a engalanarse a conciencia, ya que era de dominio público que todos los pasajeros del selecto Venice Simplon cuidaban hasta el extremo su aspecto. Así que peinó y domó lo mejor que pudo sus abundantes cabellos castaños, necesitados urgentemente de un buen corte, cubrió su escuálido cuerpo con uno de aquellos trajes caros que había vestido en importantes eventos culturales y sociales, y colocó en su muñeca el objeto más caro que se había llevado con él y por el que siempre había temido, aunque ningún caco había logrado arrebatárselo: un caro reloj de la marca Rolex, valorado en una cifra que causaba vértigo, capricho que se había permitido desembolsando parte del dinero logrado con las ventas de su primer libro.

Objetos de los que se fueron

Cuando los muertos se van deberían llevarse todas sus cosas; sus casas, incluso, si resulta que tras su partida van y las dejan vacías...Porque a los que nos quedamos en tierra nos toca recoger, gestionar, administrar, tirar, eliminar, regalar, robar...Esto último es lo peor: porque a veces resulta que no nos queda otra que heredar y quedarnos con cosas que en vida fueron de ellos.

Hemos estado en su casa recogiendo y clasificando y no puedo evitar sentirme como un vulgar ratero: la hemos saqueado, vilmente. Joyitas, recuerdos, fotografías antiguas, vestidos perfumados con naftalina...Y se me ha hecho un nudo en la garganta cuando he visto que las humedades seguían devorando el techo de la cocina, aquellas humedades que, como insidiosos agujeros negros, tanto le preocupaban, "habrá que hablar con la comunidad, nadie hace nada, ¿cuánto dinero me costará?", y mientras limpiaba dos pescaditos, su segundo plato (ella siempre comía dos platos y postre), y me invitaba, "¿quieres que paseemos por el parque? Ya sé que te gusta pasear por el parque los días de sol". Claro que me encanta pasear por el parque los días de sol, acompañado, si es posible...Qué bien me conocía, cómo me quería. "Tú con los amigos no tienes mucha suerte, ¿verdad?", me solía decir. Y yo asentía.

De amor no hablábamos. Era tabú. Ella lo sabía. Mi pudor casi enfermizo me impedía hablarle a ella de mis amores. "Tú con los amigos no tienes mucha suerte, ¿verdad?", y yo asentía, y le contaba el último disgusto que me habían dado...Pero ahora, todo ha cambiado: tengo amigos, ella no está y en el cajón de mi cómoda guardo sus joyitas, aquellas que nunca debían haberla abandonado.

domingo, 18 de octubre de 2009

Última noche en el Venice Simplon (2)


Los grandes críticos y editores, los mandamases culturales, los más respetados señores del mundo de la literatura, al coronarle como el nuevo y flamante enfant terrible de las letras francesas, le habían condenado también a la presión de ser constantemente un autor brillante y rompedor sin importarles lo más mínimo su bienestar como ser humano. Eran, tal y como la dulce Diane denunciaba, una horda de avariciosas alimañas tan sólo interesadas en hacer dinero a su costa. Y sucedía que Gerard ya no daba más de sí. Al fin lo había comprendido. Diane era lo único auténtico y valioso en su vida y se entregaría a ella en cuerpo y alma. La amaba tanto que en todo aquel tiempo no había podido traicionarla acostándose con otras mujeres, pese a que no habían sido pocas las tentaciones. Los remordimientos no le hubieran dejado vivir. Ella siempre le había apoyado ciegamente desde el principio.

Su primera novela había sido un éxito rotundo, un clamoroso y revolucionario debut literario que muchos compararon con el de Radiguet y su El diablo en el cuerpo. La segunda, pese a los comprensibles temores de sus editores, le había elevado aún más en la imposible lista de los más vendidos y a la vez alabados por la crítica.
Y con la tercera de sus obras, aplastando los insidiosos rumores que apuntaban a que el fenómeno Chevallier debía dar ya, al menos, algún paso hacia atrás en su carrera hacia el éxito, había terminado por incrustarse en el firmamento de los gloriosos.
Había sido tal la admiración y veneración que despertaba, que algún que otro entendido en la materia se había atrevido a augurar que de seguir condensando en obras tan logradas su gran talento, podía ser que en un futuro no muy lejano el aún joven autor fuera un serio candidato al premio Nobel. Pero entonces, mientras el Venice Simplon devoraba raíles y más raíles, las cosas eran totalmente diferentes, porque tras veintidós meses pululando por el mundo sin pausa ni tregua, Gerard Chevallier había llegado a la triste conclusión de era incapaz de escribir una cuarta y deslumbrante novela. Le ocurría, sencillamente, que su vena creativa, su harén de musas o como quisiera llamarse al misterioso ente que desde bien niño le había susurrado estupendas historias que narrar, se había cansado de él y se había evaporado, dejándole inerte, silencioso y marchito, sin nada que mereciera la pena ser ofrecido a la masa lectora, siempre suplicando por nuevos libros con los que evadirse de la triste vida terrenal. Debía comenzar a aceptar que era probable que todo su talento se hubiera agotado definitivamente en las tres novelas que le habían encumbrado antes de cumplir los treinta y tres años.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Última noche en el Venice Simplon

Recomendación: lean este cuento pensando en los actores Emile Hirsch y Ralph Fiennes como protagonistas. Allá va...

“Escúchame, Gerard; para un poco y escúchame. Lo que estás haciendo es huir de ti: de ti mismo. Y esa es una batalla de antemano perdida porque, allá donde vayas, chocarás una y mil veces contra tus limitaciones, contra tus flaquezas, miedos y obsesiones. El papel que tratas de desempeñar desde que publicaste tu primer libro atenta clamorosamente contra tu verdadera esencia. Eres como un pajarillo encerrado en una jaula que, incapaz de aceptar su situación, persiste en arrojarse una y otra vez contra las barras de metal; y que con cada golpe que recibe, alimenta aún más sus deseos de libertad; y que, embate a embate, comienza a ver cómo su cuerpecillo se llena de llagas y magulladuras, heridas que se agravan por segundos, conduciéndole irremediablemente hacia una amarga muerte. No sigas golpeándote así, Gerard, te lo suplico: de lo contrario, acabarás por aplastarte contra los barrotes de esa celda en la que tú mismo te has atrapado. Deja de correr, de buscar, de viajar, de experimentar, de ansiar nuevas personas, nuevos sabores, nuevos colores, nuevos olores, nuevos países y nuevos anhelos. Deja de esconderte de ti mismo pululando por el mundo como un nómada desorientado, fingiendo ser un alma deseosa de experiencias inéditas cuando sólo eres un pobre niño asustado. Al final, cuando ya no tengas a donde huir, caerás agotado, confundido y aún más perdido que cuando empezaste con esta espiral de marcha frenética. Vuelve a casa, Gerard, y quédate conmigo, te echo tanto de menos…No soporto ni un día más sin ti…¡casémonos! Acepta una vida sosegada y sencilla, pero no por ello menos digna. Olvídate de las ínfulas del éxito, de las lisonjas y de las falacias de la gloria del artista: sólo son los caramelos envenenados con los que te han tentado esos monstruos insaciables que desean exprimirte hasta el final; si les dejas, acabarán devorando hasta el último pedazo de tu ser. Te han llenado la cabeza de pesadas ambiciones que jamás hubieran brotado de una sencilla persona como tú. Mándales al cuerno y vuelve. Buscaremos un trabajo digno y gratificante para el que estés plenamente capacitado, ¿qué tal profesor? Estoy convencida de que serías un educador soberbio. O si no, quizás algo relacionado con la gestión de eventos culturales. Trabajar en un museo, en una galería de arte…, no me digas que no suena tentador y perfectamente compatible con tu espíritu sensible y generoso. Olvídate del mundo de los falsos mitos y recupera tu naturaleza de hombre tranquilo. Concédete, de una vez por todas, una tregua: te lo mereces”.


El Venice Simplon, un largo e impecable dragón de vagones dorados y añiles, avanzaba constante e imparable dejando atrás las hermosas tierras del norte de Italia, y las palabras de Diane repicaban en la cabeza de Gerard Chevallier como una suerte de letanía cargada de esperanza. En apenas unas horas, el lujoso tren le depositaría de nuevo en París, le devolvería a los brazos de Diane, y antes sus exhaustos ojos se abriría un nuevo camino a seguir, lleno de posibilidades que hasta entonces no había siquiera considerado. ¿Él, el admirado Gerard Chavallier, conformándose con una vida sin importancia? Pues sí, ¿por qué no?


viernes, 2 de octubre de 2009

Descubriendo a William Blake...

El que desea y no actúa, engendra pestilencia...

sábado, 26 de septiembre de 2009

C'est la vie!


Dios, pero qué viejo me siento...

No sé qué va a ser de mí dentro de diez, quince, treinta años...¿podré soportar llevar conmigo tantos recuerdos, sensaciones, obsesiones, alegrías, tristezas, desengaños y sueños cada vez más neblinosos y accesibles? Quién sabe...Pero comienzo a comprobar que la vida no es tan corta como nos dicen, es larga, terriblemente larga...O al menos eso pienso hoy, quizás mañana o pasado crea justamente lo contrario y lo plasme aquí.

Mi pasado vuelve a mi presente como un tsunami rocambolesco que arrasa con mi presunta serenidad, y después de dejarlo todo por los suelos, retorna a su misteriosa morada...

Estoy enfermo, será eso...
Coronaré este post con una foto de Gene Tierney. En ella siempre encuentro el sosiego...

martes, 22 de septiembre de 2009

Sigo, a punto de terminar...

De todos modos, sí que hubo otra ocasión en la que nadie, nadie, pudo negar que yo había realizado el mejor ejercicio: fue cuando nos tocó fingir nuestra propia muerte. La profesora nos señalaba con el dedo índice a modo de imaginaria pistola, gritaba “¡PUM!”, y nos “disparaba” a cada uno en lugar diferente. Teníamos que “morirnos” seguidamente, sintiendo el dolor donde nos había tocado.
A mí me “disparó” en el corazón, y prometo que noté el dolor de la bala cortándome y rasgándome la carne con furia y fuego. Por eso caí al suelo como me habría caído con el impacto de una bala real. Me llevé la mano al pecho y me vine abajo, dando mi costado izquierdo contra el suelo como si fuera el tronco de un árbol talado; el dolor de la caída me recorrió desde el hombro hasta el muslo, aunque eso sí, tuve cuidado para que mi cabeza no se golpeara.
Y aunque los aplausos entusiasmados de aquella panda de lunáticos celebraran lo que pensaban que era un juego más, yo, realmente, morí un poco en aquel aula de teatro. Antes de cerrar los ojos llorosos de mi fingido cadáver, dejé escapar un hondo gemido, tan estremecedor, que yo misma me asusté.
Extrañamente, “morir” fue mi ejercicio perfecto, el que estaba inconscientemente esperando y anhelando desde el comienzo de aquel curso de comediantes aunque, en realidad, para mí no tenía demasiado mérito fingir que la vida abandonaba mi cuerpo; era como pedir a una persona exhausta que se hiciera la dormida. Algo dentro de mí deseaba simular que moría, que me desvanecía en la nada, libre de obligaciones y remordimientos. ¿No era para asustarse descubrir que se deseaba, al menos un poco, desaparecer del mundo? Lástima que mi “muerte” durara tan poco; pronto abrí los ojos y me vi tumbada sobre el reluciente parqué de
Ceares. Me incorporé y poco a poco fueron apareciendo en mi ángulo de visión varios calcetines y chándales de diferentes colores, y después, varias cabezas con caras de admiración. “Muy bien, Ana: francamente bien”, me felicitó Rosaura. Asombrosamente, la Pirata no dijo nada. “Bueno, todos muy bien, en general, ¡sois un curso que os sabéis morir muy bien!”. Y todos le rieron la ingeniosa gracia.
Tras aquella clase, saqué dos conclusiones impagables sobre mi prometedora carrera como actriz: era la persona idónea para hacer un anuncio de gelatina (donde yo sería el producto, no el consumidor) y para interpretar a alguien a quien matan de un balazo en el corazón. Todo un mundo de posibilidades se abría ante mis ojos.

martes, 15 de septiembre de 2009

He necesitado más de un cuarto de siglo para...

desprenderme de mi particular versión, atosigante y frecuente, del "síndrome de Estocolmo": no pienso volver a justificar a mis verdugos.

comenzar a exigir a mis amigos lo mismo que yo les doy, ni más ni menos. Lo contrario crea relaciones insanas y asimétricas que terminan mal, la mayoría de las veces.

comprender que no hay tantos despistados como parece, y que se puede hacer daño por acción y por omisión, y que casi siempre, los que lo hacen por omisión incurren en dolo.

dejar de sentirme culpable por mis (presuntas) virtudes y dejar de torturarme por mis imperfecciones.

darme cuenta de que la mejor venganza contra los que nos desprecian o maltratan es tratar de ser tan feliz y honrado como se pueda. Los villanos detestan las sonrisas y comprobar que otros seres humanos sí son capaces de despertar afecto e interés en sus semejantes.

no llevarme un disgusto cuando me desprecian y me marginan, y disfrutar de los que me aprecian y me buscan: ellos sí merecen mi energía.

llegar a la conclusión de que la envidia, el miedo y los prejuicios son las causas que provocan la mayoría de las enemistades en este mundo tan competitivo y exigente.

poder decir abiertamente que me siento maduro y feliz, y que me gusta vivir, y que tengo mil y un proyectos y planes, y que quiero a tanta gente que sé que me quiere que hay momentos en los que me siento un globo a punto de reventar de dicha.

no avergonzarme de ser, en ocasiones, más cursi que una bandeja de merengue con un lazo rosa.

martes, 1 de septiembre de 2009

Paranoia pre-vuelta al cole ficticia del Estudiante Infinito...

¡Que vuelven las gente del pasado! ¿Por qué vuelven las gentes del pasado si estaban, precisamente, en el pasado, bien arropadas y atrapadas? ¿Por qué?

Me buscan en el presente, cuando yo las creía en su lugar, en el pasado...
Me siento como un coleccionista de muñecas que cree a sus muñecas estáticas y seguras en su vitrina de cristal y de repente, una noche, comienza a verlas desperdigadas por toda la casa,
¿qué diantre...?

La culpa la tienen estas malditas "herramientas sociales", eufemismo para llamar a la Vitrina de (Sobre) Exposición Global en la que nos desnudamos sin pudor los terrícolas de esta era de tecnología para todos, ricos y pobres, intelectuales y merluzos, sin distinción...

Alicatamos nuestros egos hasta el techo, hablamos de YO, YO, YO...Ponemos nuestras caras en todas partes, y hacemos lo mismo con nuestros amigos, mascotas, parejas, animales...
Nos exhibimos hasta el empalago convencidos de que así le ganaremos, al menos un set, a esa señora que cuando nos lleva con ella nos condena a, tarde o temprano, ser olvidados...Y mira que nos queremos como para permitir terminar así...Por eso, en vida, lo hacemos (ya que los otros están ocupados en sí mismos, los muy egoístas): nos centramos en YO, YO, YO...

Y encima, ahora, van y te localizan tus fantasmas...Y todos te quieren mucho, pese a que su amor naufragó, quién sabe por qué...

Tenía su encanto dejar a las gentes del pasado en el pasado. Allí se conservaban magníficamente, como piezas en formol, piezas que cumplieron su utilidad en su momento y que continúan bien frescas y torneadas gracias al benigno vehículo de la memoria, una magnífica herramienta para distorsionar y cubrir de cierto encanto incluso a los más villanos...

Dejo de escribir, que tanta idea rara me da dolor de cabeza, y mañana comienzo mi curso particular, el del Estudiante Infinito...

domingo, 30 de agosto de 2009

Al final, me he reconciliado...

con el Sol, la playa y el verano.

Durante mucho, les desprecié;
me parecían indignos de levantar verdaderas pasiones y desvelos; burdos, pegajosos, sucios, fáciles de apreciar y malgastar,
como un algodón de azúcar rosado que se deshace
mágicamente
en la boca
dejando, tan sólo, un regusto a arena refinada
y cierta desagradable sensación en los labios,
como de haberse embadurnado de pegamento.

Pero me equivoqué...

El Sol, la playa y el verano
también poseen su valía, su talento...

Sin ir más lejos,
me han ayudado a serenarme, a pensar y a encontrarme en mitad de un océano de tiempo
en el que comenzaba a verme perdido,
sin remedio.

martes, 18 de agosto de 2009

El tiempo pone a cada uno en su lugar...

qué sabias palabras de las que tanto me burlaba. Supongo que es lo que tiene ir cumpliendo años: uno descubre el sensato pero terrible maestro que es Maese Tiempo.

Al ritmo impuesto por las agujas del reloj, los Malos se convierten en los Buenos, y viceversa. Lo estoy viendo; últimamente, mucho.

Porque el tiempo pone a cada uno en su lugar, y las personas bondadosas y poco dañinas que en el pasado fueron tratadas injustamente, llega un momento en el que comienzan a ser de nuevo queridas y buscadas. En cambio, esas malas personas que a base de risas impostadas, simpatía sintética y malas artes se ganaron el cariño de sus semejantes, empiezan a ser cuestionadas a raíz de una serie de actitudes sospechosas que llaman la atención de los medianamente juiciosos.

Así, los papeles se invierten. El Ángel Caído comienza, poco a poco, a remontar el vuelo rumbo al Paraíso, y el en teoría Ángel Bueno, es ahora el sospechoso.

Qué cosas tiene la vida, ¿no?

domingo, 16 de agosto de 2009

Huír de la Fiesta

Lo llaman Fiesta, y no es más que un Festival de Penosidades...

La gente deja en casa su piel civilizada, esa que permite trabajar civilizadamente, emparejarse y hacer amistades civilizadamente, caminar por la calle civilizadamente (como un maniquí de grandes almacenes) o pasar inadvertido en un restaurante o en un teatro, civilizadas ubicaciones masificadas para urbanitas despersonalizados sin ganas de hacer demasiado ruido..., pero con la Fiesta, oh, creedme que con la Fiesta todo es diferente...

El alcohol fluye con saña, y no ese alcohol dulce y rico de las comidas y las citas pausadas...No, no: ahora se trata de ahogarse en un líquido repugnante más cercano a un remedio para heridas que a una bebida excitante. Porque el alcohol de la Fiesta es más: la savia que permite enfrentarse, durante cierto tiempo, a esa Civilización atosigante que se sube ya al cuello, amigo mío, y reprime a la bestia que uno lleva dentro.

Lo llaman Fiesta, y la Masa, lo único que hace es gritar, saltar, ¿bailar?, insultar, expresar sin contarpisas sus más vergonzosos deseos y anhelos, mostrar muecas descompuestas en rostros hartos de la educación y los usos sociales. Y la Masa aguanta resignada, cansada, harta, porque a nadie le gusta encontrarse con otras bestias desfogadas: eso no tiene gracia. Los seres festivos se tropiezan, se manchan, se insultan, se hablan, se molestan y se agreden, y los cuerpos sudorosos y alcoholizados de desconocidos se causan repugnancia recíproca en un auténtico festín de descontrol humano...

Asco. Dolor. Cansancio. Más de lo mismo. ¿Por qué todo tiene que ser tan... feo?

La madrugada trae ese delicioso frío cuasinocturno que me calma los ánimos. Y digo BASTA. Recurro a mi música oscura y melancólica, a mis hermosos profetas del desasosiego (entre otros, Placebo con The Cold, y sobre todo, el ángel Dave Gahan y su Saw Something), e inicio el largo recorrido de camino a casa. He decidido huír de la Fiesta.

Cuando me pregunten, diré que yo también estuve en la Fiesta. Y la gente me sonreirá: seré uno más del rebaño social.

miércoles, 12 de agosto de 2009

existo

¿Quién soy?
¿Por qué tengo este nombre, este físico, esta vida?
¿Por qué cada día que pasa soy más capaz de separar mi continente de mi contenido?
¿Hace cuánto nació lo que soy ahora?
¿Por qué tengo esta edad si no soy esta edad?
¿Estoy loco/loca? ¿Y vosotros? ¿Quiénes sois? ¿Estáis locos? ¿Os conocéis? ¿Estáis seguros de lo que sois?
¿Por qué me quieren, me odian, me llaman, me olvidan, me buscan, me ignoran, me..., me..., me...?
¿Por qué no puedo escapar de aquí? ¿Hay alguien que me está mirando, soñando, pensando, imaginando? ¿Quién me ha creado? ¿Quién me eliminará? ¿Hay alguien ahí o estoy solo?
¿La vida es un desierto y nadie conoce a nadie? ¿Flaubert se equivocó? ¿Quién era Flaubert? ¿Por qué hablo de él si no le conocí, si ni siquiera sé si existió? ¿Y vosotros? ¿Estáis seguros de que existis?

¿Quién soy? ¿Por qué tengo esta cara, este cuerpo, esta vida? ¿Lo pedí yo sin darme cuenta? ¿Me gustaría ser otro, otra? ¿Sería todo mejor, más sencillo, diferente?

Pregunto, luego...

jueves, 23 de julio de 2009

Me da apuro contarlo...


pero creo que en mi Casa Paralela hay fantasmas (para quien no lo sepa, la llamo mi Casa Paralela porque es prácticamente igual a la que ocupaba anteriormente en el bloque de enfrente, pero con las estancias que antes estaban en la izquierda ahora en la derecha y viceversa...Una locura).

Ya lo iré contanto con más calma, pero he tenido algunas experiencias paranormales poco agradables...Porque es bastante inquietante que tu madre no te deje dormir una noche en la que no para quieta en su dormitorio, entrando y saliendo continuamente, y paseando por el salón un buen rato, y que cuando al día siguiente se lo comentes, te prometa que ella se quedó quieta y dormida en cuanto se metió en la cama.

Y lo de anoche... Me levanté, bastante cabreado, para recriminarle a mi hermano, y preguntarle que a quién diablos se le ocurría ducharse tan escandalosamente como él a la una de la mañana; pero no pude hacerlo, porque descubrí que el cuarto de baño estaba vacío, y mi hermano, durmiendo plácidamente en su cuarto...

En ocasiones...esta casa me da miedo.

Y pienso en la casa de mi libro de "Elige tu propia aventura" preferido. Lo ilustra la foto que he escogido.

viernes, 10 de julio de 2009

Viva Depeche Mode

Ayer tuve ocasión, al fin, de verles en carne y hueso, y mereció la pena, y tanto que mereció la pena...

Les descubrí durante mi estancia en el Pueblo Más Feo del Mundo (Walsall, Inglaterra) y desde entonces, me han acompañado como melancólicos y estoicos profetas del Destino.

Cuando ayer sonó "Walking in my shoes" y vi la imagen que habían escogido para proyectar en la pantalla situada en el esenario, me quedé de piedra: allí aparecía un cuervo y un ojo parpadeante, estilo el ojo azul que utilizan los musulmanes para repeler el llamado "mal de ojo". No por nada: esta canción me inspiró hace tiempo una novela de fantasía en la que las aves tienen un gran protagonismo...

Ahí va la traducción de la canción:

Caminando en mis zapatos

Te diría sobre las cosas Que me han hecho pasar Por el dolor que he tenido Pero me ruborizaría De los incontables banquetes que pusieron a mis pies Las frutas prohibidas para mí Creo que tu pulso aumentaría Ahora no estoy buscando perdón Por las cosas que hago Pero antes de que llegues a cualquier conclusión Trata de caminar en mis zapatos Trata de caminar en mis zapatos Tropezarás en mis pasos Tendrás los mismos compromisos que yo tuve Si tratas de caminar en mis zapatos Si tratas de caminar en mis zapatos La moralidad Reprocharía a la decencia, a Los destinos hechos de mí Pero te prometo a ti, al juez y a los miembros del jurado Que mis intenciones no podrían ser más puras Mi caso es fácil de ver No estoy buscando limpiar mi conciencia Armonía mental después de lo que he pasado Y antes de que hablemos de arrepentimiento Trata de caminar en mis zapatos Trata de caminar en mis zapatos Tropezarás en mis pasos Tendrás los mismos compromisos que yo tuve Si tratas de caminar en mis zapatos Si tratas de caminar en mis zapatos Trata de caminar en mis zapatos Ahora no estoy buscando perdón Por las cosas que hago Pero antes de que llegues a cualquier conclusión Trata de caminar en mis zapatos Trata de caminar en mis zapatos Tropezarás en mis pasos Tendrás los mismos compromisos que yo tuve Si tratas de caminar en mis zapatos...

lunes, 29 de junio de 2009

Segundo (y olvidado) Aniversario

Ni me entero...El 22 de junio hizo dos años que escribo en la Arcadia Infeliz, mon dieu!
Y no sé, por lo menos lo voy a hacer notar, ¿no?

Dos años nos contemplan, amigos lectores..., aunque cada vez me apetece menos hacer públicos mis pensamientos, mis ideas y paranoias, ¿será que no doy más de sí o que tengo otras cosas más importantes que hacer? Je ne sais pas...Por lo pronto, la Arcadia sigue a flote...

Ian Grecco

miércoles, 17 de junio de 2009

El cielo protector


Poquito tiempo, poquito tiempo..., pero al menos, gracias al copy/page, divino tesoro para los vagos-pero-inquietos de nuestros tiempos, les recomiendo hoy esta película que tanto me ha gustado, basada en una novela de Paul Bowles que anda por casa (creo que es de las que guardamos en una caja enorme con ruedecitas bajo la cama), y que leeré en cuanto pueda (en mi mesilla de noche se pelean los rusos, los ingleses, los franceses y los alemanes, ¿quién vencerá?):



El cielo protector
TITULO ORIGINAL
The Sheltering Sky
AÑO
1989
DURACIÓN
133 min.
Sugerir trailer/vídeo
PAÍS

DIRECTOR
Bernardo Bertolucci
GUIÓN
Mark Peploe & Bernardo Bertolucci (Novela: Paul Bowles)
MÚSICA
Ryuichi Sakamoto, Richard Horowitz
FOTOGRAFÍA
Vittorio Storaro
REPARTO
Debra Winger, John Malkovich, Campbell Scott, Jill Bennett, Timothy Spall, Eric Vu-An, Amina Annabi, Sotigui Kouyate, Philippe Morier-Genoud, Ben Smail, Nicoletta Braschi, Paul Bowles
PRODUCTORA
Coproducción GB-Italia; Warner Bros. Pictures / Sahara Company / TAO Film / Recorded Picture Company (RPC) / Aldrich Group
GÉNERO Y CRÍTICA
Más información
Drama. África / SINOPSIS: Una pareja de neoyorquinos viaja a África en busca de nuevas experiencias que puedan dar un nuevo sentido a su relación. Corre el año 1947. Port y Kit Moresby llegan en barco al norte de África. Tras diez años de matrimonio, para esta sofisticada pareja norteamericana resulta difícil la convivencia. Port, un músico que lleva un año sin trabajar, busca en el desierto una fuente de inspiración y nueva savia para un matrimonio que se muere, mientras Kit, cansada de viajar, espera que un milagro le devuelva a su marido. Tienen un compañero de viaje, George Tunner, un joven rico y mundano, fascinado por los Moresby y atraído especialmente por Kit. Port, que se define insistentemente como un viajero y no como un turista corriente, no está muy seguro de su destino, pero está decidido a dejar atrás el mundo moderno, por lo que finalmente ambos se adentran en el Sáhara esperando encontrarse también a sí mismos... Basada en la famosa novela de Paul Bowles.


(Fuente:FILMAFFINITY)

jueves, 4 de junio de 2009

House of Saddam: más Muchachada Nui que Los Soprano...


(mi comentario sobre la crítica que cierto periodista ha escrito de la nueva serie House of Saddam, que relata la vida de Saddam Hussein y su entorno)


Creo que un crítico de televisión o de lo que sea, alguien supuestamente sensible e ilustrado, no debería justificar un asesinato en una de sus críticas, y menos, la de un hombre que, aunque no fuera precisamente un angelito (como tantos otros poderosos del mundo), fue humillado sin piedad, perseguido sin tregua y brutalmente ejecutado, como si fuera un conejo, gracias a los Estados Unidos de América, el país responsable de la mayoría de las guerras, bombardeos y asesinatos masivos en este planeta.

Y también recuerdo las nauseas que me ocasionaron las visiones de los cadáveres de sus dos hijos, debidamente retransmitidas por la televisión, comiéndose con toda su crudeza la pantalla de mi casa, horrenda visión que mereció la compasión de mi abuela octogenaria, que no la de los pulcros mandatarios internacionales, tibios y pelotas con el jefe del patio, como siempre.

Y esta serie, digan lo que digan, no es buena en absoluto. Los personajes están caricaturizados hasta el extremo, y las escenas supuestamente duras, son una banal copia de pedazos de esas películas de medio pelo protagonizadas por matoncillos estilo Chuck Norris, obcecadas en predicar las bondades del país de la banderita de las barras y las estrellas. Es de una bajeza moral aberrante.

Querían hacer Los Soprano versión árabe y les ha salido una grotesca Muchachada Nui que no me despierta ningún interés. Y no nos engañemos; su objetivo es justificar, una vez más, las acciones criminales de Estados Unidos, no mostrar el corazoncito de la bestia, ¿piensan que los espectadores somos tan ingenuos como para creernos todo lo que nos cuentan?

Y no tiene ninguna gracia su bochornosa campaña de marketing, que dice algo así como "en esta serie encontrará de todo menos armas de destrucción masiva". Vamos, que no creo que los miles y miles de iraquíes muertos a causa de otra guerra injusta, se rieran. Ni sus familiares supervivientes. Ni sus vecinos arruinados.

Ya me extrañaba que actores árabes/musulmanes se hubieran prestado a trabajar en semejante producto, y aunque ciertamente sí que hay algunos en el reparto, qué curioso que dos de los intérpretes principales, "Saddam” incluido, sean israelíes.

Que cada uno saque sus conclusiones. Yo ya he sacado las mías y son desasosegantes...

jueves, 28 de mayo de 2009

Caramel, de Nadine Labaki


Me daba algo de pereza ver esta película, porque ya estaba un poco harto de la (requete) imitada fórmula "Sexo en Nueva York", es decir: la narración de las agridulces peripecias de cuatro mujeres aún jóvenes y muy diferentes entre sí (a saber: la más conservadora, la más promiscua, la más ambiciosa y la heroína por antonomasia), pero hiperamiguísimas y tan preocupadas por su futuro como por su fondo de armario.

Pero al final la he visto, y me ha gustado. Y lo que pensaba que era un "Sexo en Nueva York" versión libanesa (los libaneses tienen fama de ser lo más sofisticado y afrancesado del mundo árabe/musulmán), me ha sorprendido gratamente, porque sin perder su esencia de filme modesto, va más allá del tópico universo femenino, repleto de relojes biológicos acelerados y amores imposibles. Y si no, cuando vean la película, díganme qué opinan de la triste historia de la mujer que sacrifica su vida por cuidar a su hermana demente.

Otra peculiaridad de Caramel es que es una película libanesa que no toca para nada temas bélicos, algo que interpreto, quizás ingenuamente, como que el equipo de esta película ha querido demostrar que las naciones asoladas por la guerra y la violencia también tienen su derecho (y talento) a hablar de otras cosas sin resultar por eso banales o despreocupadas.

Producida con dinero francés, y dirigida y protagonizada por la bella Nadine Labaki, cuenta la historia de cuatro amigas libanesas. El principal escenario donde se desarrolla la trama es un salón de belleza de Beirut donde se aplica un famoso método de depilación a base de una pasta de azúcar, agua y limón, el "caramel" que da título a la película. Y es esa, precisamente, la sensación que a uno le queda tras su visionado: el de haber saboreado un breve pero dulce caramelo con cierto regusto ácido.

lunes, 18 de mayo de 2009

Tiene calor...

pero no se quita ni uno solo de los tres jerseys que lleva.

Tiene hambre a todas horas, pero nunca come con avidez.

Tiene sueño, y sí, espanta el sueño con cafés y bebidas poco saludables, pero no duerme.

Respira mal, pero no se obliga a relajarse y a respirar como le enseñaron sus profesores de gimnasia y danza y demás gaitas físicas.

No está bien, pero no hace nada por ayudarse.

Quiere escribirle, pero no lo hace.

Quiere llamarle, pero no le llama.

Quiere que vaya a la fiesta, pero no le avisa de que hay una/la fiesta.

Quiere, quiere, quiere...Pero no hace nada. Nada.

jueves, 14 de mayo de 2009

Últimamente, me siento (un poco)...

como Will Smith en Soy leyenda. Vamos, que salgo a la calle y alucino con lo que veo, y me siento parte de una especie prácticamente aniquilada de la faz de la tierra (bueno, la diferencia es que el bueno de Will lo hace de día; yo, al caer el sol).

Es que sucede que cada vez entiendo menos al género humano; el funcionamiento del mundo, en general.

Y ayer...Cómo expresar lo de ayer. La Masa se lanzó a la calle, vestida de los mismos colores, gritando, insultando, clamando y aclamando, jurando...Hombres, mujeres, niños, viejos, de todas las edades, tamaños y colores y clases, unidos por una misma pasión.
Presencié (y sufrí) toda una catarsis febril, una histeria colectiva francamente abofeteable. ¿Y cuál era el poderoso motivo? ¿Parar una guerra,

o decir: "¡Eh, poderosos del mundo, ¡nos hemos dado cuenta de que somos vuestro ganado y hoy es el día del Gran Motín!",

o protesar contra la crisis económica (creo que en pocos países del primer mundo hay tantos licenciados con dos másters y cuatro idiomas trabajando de telefonistas),

o, qué se yo, confesar bajo el cielo un secreto o convicción merecedora de una rápida extensión?

Pues no, se trataba de un partido de fútbol, nada más ni nada menos que de un combate entre dos grupos de tipos en bermudas que se desgañitan por meter una bola en una red el mayor número de veces posible.

En serio, soy yo, ¿o esto es de locos?

La única que me dio pena fue una niña que llevaba cierta bandera pintada en sus tiernas mejillas; me alargó su manita desde lo alto del andamio donde estaba colgada como un cachorro de mono (a sus padres no se les veía por ninguna parte, por cierto) y voceando el nombre de su equipo, me pidió que chocara mi palma contra su palma. Y yo no puede hacerlo, me pareció tan ridículo e incoherente con lo que pensaba en aquellos momentos, que pasé de largo, y la cría se me quedó mirando boquiabierta y triste, sin saber por qué aquella persona con cara de susto y vestida de blanco y negro juzgaba estúpida su actitud. Quizás cuando crezca me comprenda. O quizás no. O quizás ni siquiera se acuerde de ayer.

viernes, 8 de mayo de 2009

Promesas del Este


Una de las mejores películas que he visto en lo que va de año. Dura, violenta, desoladora, esperanzadora, dolorosa, tierna...¿se puede lograr generar todo este compendio de enfrentados sentimientos en menos de dos horas de metraje? David Cronenberg puede, y eso que su anterior Una historia de violencia (también con Viggo Mortensen como protagonista) me pareció un aburrido topicazo, impecablemente rodado, eso sí...

Pero en este otro filme, Viggo Mortensen (cuyo trabajo como actor, hasta ahora, no me gustaba especialmente), obra el milagro, y se transforma automáticamente en uno de los actores que más admiro. Porque una cosa es interpretar un papel (¿tengo que hacer la lista de actores y actrices que se limitan a poner morritos/gestitos/miraditas en teoría intensas, frente a la cámara?), y otra muy diferente SER. Porque una de las pocas cosas buenas que me enseñaron en mis tiempos de actor es que "interpretar" y "ser" son dos cosas muy diferentes, y que sólo los buenos actores SON. Y aquí, el amigo Viggo ES Nikolai Luzhin, un misterioso chófer que trabaja para la mafia rusa de Londres y que esconde más de un secreto. Pero su frío e impenetrable muro de intrigas se tambaleará cuando se enamore de Anna, una enfermera londinense de ascendencia rusa que atiende en su hospital a una adolescente rusa embaraza que finalmente muere.
El diario de la fallecida (todos los indicios apuntan a que trabajaba como prostituta explotada por una rama de la mafia de sus compatriotas) hará que Anna se introduza en el círculo de la gente para la que Nikolai trabaja, en un peligroso viaje sin vuelta que cambiará su vida para siempre.

Y Anna, gracias a Dios, no está interpretada por Charlize Theron o Scarlett Johansson, por ejemplo, sino que Anna ES Naomi Watts, otra magnífica actriz que hace creíble todo lo que se propone.

La película termina de redondearse y alcanzar el climax de la maestría actoral gracias a los magníficos secundarios: la madre de Anna (Sinéad Cusack, muy buena actriz, pero sólo conocida por ser la mujer de Jeremy Irons), su tío (Jerzy Skolimowski, que al parecer es director, pero que como actor quita el hipo), el gran intérprete alemán Armin Mueller-Stahl como el pérfido jefe ruso del tinglado londinense, y sobre todo, el francés Vincent Cassel (también popular por ser el marido de Monica Bellucci, qué mundo), que compone otro de sus descarriados/violentos/tiernos personajes sólo como él sabe, tanto que algunas voces denuncian que en muchas secuencias le quita la cámara a Mortensen, aunque yo discrepo...

Atentos sobre todo a la escena de la sauna (¿se puede ganar una pelea, estando completamente desnudo, a dos violentos chechenos armados con cuchillos? Ver para creer), y la de la ceremonia-tatuación de Nikolai.

Una maravilla. Pero, ¡ay!, he oído que están preparando la segunda parte...Miedo me dan.

PD: Mortensen fue nominado a esa falacia llamada Oscar, que si no fuera una falacia, debería habérsele entregado.

jueves, 30 de abril de 2009

Vale...


puede que no tenga tiempo para tener al día la Arcadia Infeliz, pero al menos, sí para nombrar la última película recomendable que he visto: "Luces al atardecer", del maestro Kaurismäki (que no, que no es japonés pese al apellido, sino de Finlandia).

Eso sí, quien esté medio (o enteramente) deprimido, que se abstenga de verla, porque este filme, en el que se narra cómo un guarda de seguridad silencioso y solitario hasta chirriar es engañado por la novia de un mafioso para que les deje entrar y robar en el lugar que custodia, puede ser muy poco adecuado para dichos estados anímicos...

Lo que más me gusta, la aparente inhumanidad de sus personajes, situaciones y lugares físicos (quizás en Finlandia la gente sea tan poco cálida: es el lugar del mundo donde hay más suicidios), pese a que el mensaje de la película supura humanidad a mansalva.

jueves, 23 de abril de 2009

Trocito a trocito...

Henry debió de cansarse de estar de pie, y optó por acomodarse en el suelo de mi cuarto, sobre la alfombra, y la cosa dejó de ser tan “rara”. Yo sólo miraba mi manzanita, no me atrevía con sus ojos, pensando, temiendo, que estuvieran clavados en el vacío como los de un enajenado mental. Pero la tira de imágenes que me enganchó en la cabeza hacía presagiar que su mirada no debía de estar precisamente en calma. Cuando terminó de hablar (con un tono de voz que rozaba el grito), se acercó a mí, pero yo seguí sin mirarle, concentrada en mi manzana, ya reducida al hueso y a las semillas, y noté con tensión que se sentaba a mi lado y que alargaba su mano hacia mi mejilla izquierda en una amago de caricia consoladora, como si me acabara de comunicar una tragedia y quisiera reconfortarme. Pero justo cuando sus dedos rozaban ya la línea de mi mandíbula, un estruendo hizo que ambos diéramos un bote sobre el colchón. La puerta de la entrada acababa de cerrarse de un portazo. Henry debía de haberla dejado abierta y la corriente había hecho el resto. Entonces, sin decir una palabra, salió volando del cuarto. Posiblemente pensó que aquello era una señal, que mi tía estaba a punto de llegar y que era mejor no verle la cara a aquella hermosa bruja de la que yo le había hablado sin mucha simpatía. Yo tampoco le miré ni le dije nada. Dicen que lo mejor para ahuyentar a un fantasma es hacer como si no se tuviera conocimiento de su presencia: eso le arrebata su energía y su razón de ser.



Las sienes, la cabeza y los oídos me destrozaban desde dentro; me mareaba…Comenzó a llover. Las tripas se me retorcieron. La voz me temblaba. Ya no tenía fuerzas para suplicar, una vez más, que no me abandonara. Me di la vuelta y me alejé de ella, que recta como un junco, se quedó en el portal de su academia esperando a su padre. Anduve como si acabara de donar un litro de sangre. Me choqué con una pareja que llevaba un carrito de bebé, la rueda de la sillita me pasó por encima de un pie, pero ni me dolió, ni escuché las disculpas, si es que las hubo. No sabía ni hacia dónde caminaba. Laura me acababa de dejar. Pero la gota de dignidad que aún atesoraba mi alma, me impidió arrodillarme y suplicarle con las palmas de mis manos pegadas.

viernes, 17 de abril de 2009

Diez años después...

nos hemos reencontrado,
y he descubierto que el abismo del tiempo
es un simple riachuelo
para los que gozamos de buena/sanguinaria memoria.

Porque para mí,
todo ha sucedido ayer, o la semana pasada,
hace un mes, a lo sumo...
Las vivencias no entienden de pasado en mi ser;
la consciencia subyuga al vacío
en mis remembranzas.

A veces me gustaría no acordarme tanto de todo...
Más que nada,
porque sólo con pocas personas
puedo compartir
semejante marea de eventos marchitos
pero aún hermosos y coloridos,
como las alas de mariposas difuntas
crucificadas en el estuche de un coleccionista
de belleza
muerta.

Ayer no fue la excepción.

Ingenuamente pretendí revivir un importante
pellizco de vida
dejada atrás,
pero descubrí a una persona totalmente diferente,
que no menos digna o adorable.
Una desconocida, al fin y al cabo.

El ser que yo conocí hace diez años,
y que deseaba con ardor volver a ver,
ya ha perecido en algún intrincado vericueto
del Demonio del Tiempo.

Cómo duele comprender que en esta vida
lo que más pesa
es el árido Presente.

lunes, 13 de abril de 2009

A día de hoy

No tengo tiempo ni para escribir ni para leer todo lo que quisiera...

Pero resulta que, últimamente, disfruto más de la compañía humana que de la de las letras, algo que no creo que me perjudique...

Aún así, ya he terminado el excelente Hermosos y malditos, de Scott Fitzgerald (cuando pueda escribiré sobre ello) y un libro de relatos de Raymond Carver, uno de los profetas del llamado "realismo sucio" junto con otros escritores como Tobias Wolff, o John Irving. La verdad es que es un género que no me entusiasma especialmente, pero es interesante leer nuevos autores, nuevas voces y estilos. Y los beat me esperan desde hace tiempo...Tomaré primero a Kerouac. Pero antes tengo que terminar Ensayo sobre la ceguera y Los hermanos Karamazov, ¡quiero más tiempo! ¡Tiempo! También reposa sobre mi mesilla de noche Cuentos europeos de amores imposibles. Por ahora, el que más me ha marcado ha sido uno titulado Delfina, de un escritor italiano cuyo nombre ahora mismo no recuerdo...

Y bueno, por otra parte (si tuviera tiempo también escribiría sobre ello), también quiero comunicar desde aquí que el hijo de la suicida Sylvia Plath se ha suicidado. Y prefiero no escribir nada sobre ello por ahora, porque con la prisa que arrastro sólo serían banalidades entrecortadas...

Todo se andará.

Esto es lo que escribo a día de hoy...

martes, 17 de marzo de 2009

Líneas de un cuaderno de "Todo a un euro" viejo

HOGAR

Yo nací en Babilonia
entre melocotoneros y olivos.
Los dátiles eran dulces,
los ojos afables de mi gente, almendrados;
la felicidad sabía a café amargo y pasteles de pistacho,
y la canción del viento de allá,
aliento del Medio Oriente,
jugaba apaciguador con nuestras chilabas de hilo.
Mi casa era de mármol, agua y desierto.
Crecí en sus fuentes interiores,
sobre los tapices de sus suelos fríos.
Luego llegaron los hombres de verde musgo,
y trajeron la furia del metal hambriento.
El ocre de mi pobre suelo
se moteó de púrpura viscosa,
y los míos desaparecieron.
El firmamento observó el grotesco festín,
indiferente y enrojecido.
Ahora, ya no vivo en Babilonia.
La suerte del fugitivo es el
tormento del melancólico.
Y esos que decían querer salvarnos
sollozan desorientados;
no saben cómo volver a su casa,
mientras, destrozan la nuestra.


VERANO EN UN BARRIO POBRE

Qué larga es la avenida, ¿verdad, madre mía?
Más aún en este agosto reseco, brillante, doloroso.
La avenida es un corredor hacia la NADA.
¿Cómo logras cargar con nosotros?
Yo en la silla, él de tu mano, y tú, sola: sola…
Padre no llega, has ido a la policía.
Y el vecino grimoso aprovechó tu desamparo para tratar de…
Y tú sola: sola…, con tu vestido viejo de flores,
negándonos con la cabeza peticiones
continuas de juguetes estúpidos.
¿Nuestros lujos? Sandía de postre, chapoteo en la piscina de plástico,
y la sucia palmera del patio.
Soñamos con islas paradisíacas a través de la etiqueta del gel de baño,
hecho con limones del Caribe.
Y papá, no llega…Pero pronto lo hará.
Agosto expira mientras tú nos paseas por la avenida,
con tu vestido viejo,
Afrodita del asfalto, Madre Tierra del extrarradio.
Paciencia: enseguida será otoño.



LULÚ DE MONTMARTRE

(París, verano de 2003)

Una vez fui turista en París, y subí a Montmartre
en busca de molinos rojos y hadas de absenta,
pero allí sólo encontré a Lulú de Montmartre,
decrépita ninfa de Pigalle, acompañada de un acordeonista.
Ella bailaba, invitaba a los caballeros…, bailad, malditos, bailad…
Su atuendo, un sucio vestido blanco de chiquilla;
las uñas, carcomidas de esmalte roído; el pelo, negro, a lo garçon…
Cómo bailaba, cómo acechaba, cómo embaucaba mi pobre Lulú de cejas desdibujadas…,
hasta que cometió un delito, Dios sabe qué delito…
Su amo y señor acordeonista la abofeteó sin miramientos.
Yo no hice nada, nadie hizo nada. Lulú sollozó,
la sangre enrojeció su grueso labio y corrió colina abajo.
Él la siguió tras emitir un grotesco bramido. No se vio nada más…
El espectáculo había terminado.
“Sólo son gitanos”, alivió el público su conciencia.

viernes, 13 de marzo de 2009

Famila (II)

La Abuela.

Hoy la llevamos a otro sitio. Estábamos en lista de espera, y casi un año después, la trasladan. A ver cómo se toma el cambio; yo, no muy bien...Me había acostumbrado a ese sitio, situado a apenas quince minutos de casa; a ese itinerario, que discurre por las limpias y luminosas calles del centro...Incluso a los ancianos que por allí aguardan (unos, lúcidos y resignados; otros, totalmente perdidos) a la Muerte. Sin ir más lejos, en este tiempo he visto morir a tres compañeras de cuarto de mi abuela. Todas tenían la misma expresión moribunda: los ojillos, achinados en una constante e indefinible mueca de dolor/confusión/susto; la boquita, alargada y consumida en una tenue raya temblorosa; la piel, extrañamente amarillenta y reluciente. Y el olor...Mi tía dice que huele a "los que se están yendo". Curiosa e impenetrable fragancia que yo achaco, en un arranque de terrenalidad, a simples sustancias orgánicas. Quién sabe, quizás mi tía tenga razón y exista tan aterradora esencia crepuscular...

Pero, de todos modos, qué cruel es la vida, aunque no creo que aporte mucho al mundo haciendo hincapié sobre ello desde este post; dejémoslo estar...

El caso es que la abuela va a otro lugar, más amplio, con jardines, y mantenido con dinero público, para qué engañarnos...Y más lejos, será menos cómodo ir a verla. Pero lo seguiré haciendo, a media tarde. Cómo no hacerlo. Ella fue mi segunda madre; lo sigue siendo, aunque en ocasiones no me reconozca y me confunda con algún familiar de Valladolid o Cantabria...
Yo sé que me quiere, y yo a ella. Le ayudaré como mejor pueda a quemar estos últimos meses/años de confusa existencia que le han tocado en suerte.

No sé qué más contar sobre ella que ya no haya contado. Sólo decir que mi madre me ha comentado, enternecida, cómo se ha despedido de Begoña, su actual compañera de cuarto, una nonagenaria prácticamente paralizada y muda, a la que sólo visita, una vez al mes, una ruda sobrina. Porque se ha despedido de ella con un afecto que denotaba que era consciente de que no volvería a verla nunca más, tras meses compartiendo un cuarto en el que han reposado los últimos suspiros de las que fueron dos mujeres, dos personas. ¿Qué se hubieran dicho, contado, reprochado, reído, de haber estado lúcidas? Eso es algo que nunca sabremos.

La vida nos hace coincidir, a capricho, con ciertas personas que de haber aparecido en otros momentos de nuestras vidas, quizás no hubiéramos tratado del modo que hacemos. Pero esta es otra reflexión que será desarrollada en otro momento. Porque aún soy joven, un tesoro impagable. Hay que aprovecharlo.

martes, 3 de marzo de 2009

Familia (I)


Apenas la menciono (casi tan poco como a mi vida sentimental), pero está ahí.

Papá, cuyos comentarios sobre las películas que vemos juntos (comentarios simples pero contundentes, desarmados de toda clase de superficialidad o maniqueísmo o tendencia al tópico, propios de personas cuyas dotes de observación en ciertas materias no han sido contaminadas por frases y observaciones hechas ni deseos de erigirse como santos eruditos en dichas disciplinas), han provocado que me haya decidido a bautizar un nuevo genéro cinematográfico: las "películas con CDP", es decir: películas con Comentarios De Papá.

La primera fue El Señor de los Anillos ("pobre enano", "mira qué hostias se dan los viejos", "qué castillo tan bonito"), y la última, Promesas del Este, magnífica película que yo ya había visto, pero que decidí volver a ver con papá (un día en el que no me encontraba especialmente feliz) porque me imaginaba la clase de CDP que recibiría y que me harían pasar un rato inolvidable: cargado de risas y de ternura.

Deberían vender ediciones especiales de ciertas películas con CDP. No saben lo que se pierden. Cómo me río, pero en silencio: porque él no sabe lo cómico y tierno que me resulta. La grata terapia que me concede al escucharle decir lo que piensa, manifestar su opinión de forma tan sana, tan pura, tan humilde.

domingo, 22 de febrero de 2009

La decisión ya está tomada...


y quizás me he equivocado,

y quizás piensen que cometo un grave error,

y quizás he perdido oportunidades irrepetibles
de conocer gente irrepetible
y de vivir experiencias irrepetibles...

y quizás me arrepienta de haber renunciado
al bullicio de Picadilly Circus,
al 221B de Baker Street,
a Camden, al Soho,
a la bohemia chic de Notting Hill,
al verde esplendor de Hyde Park,

quizás, quizás, quizás...

pero es que sucede

que Racionalidad ha vencido a

Diosa Locura,

soy así, no puedo evitarlo,

mi edad y circunstancias

no pueden evitarlo...

No sean duros conmigo,
por favor,
bastante duro es soportar

la sospecha de que

he metido,

soberanamente,

la pata.

Pero ya se me pasará,
haré todo cuanto esté en mi mano

para demostrarme a mí mismo

que he tomado la decisión

adecuada,

tras sopesar los pros y los contras.

De todos modos hoy

es domingo,

la melancolía y el pesar

vienen de su mano.

Habrá que solucionarlo

cuando caiga la noche,

con una primera cita,

a salvo en el cine.

lunes, 16 de febrero de 2009

Época de (posibles, depende de una decisión) cambios

Me han elegido, de todo un país lleno de candidatos, a mí, el que era famoso por ser la opción desechada...

Me han escogido, sin verme la cara, quieren verme la cara en dos días, en inglés quieren verme la cara...

Me quieren, les atrae mi nombre raro, mis aficiones raras, mis maneras raras, aunque no me conocen, sólo era papel...

Me reclaman, ellos, importantes, dueños y señores de una decisión que puede cambiar mi vida, o distraerla, durante un año...

El prometedor Londres ha desplazado a la nebulosa París...Yo siempre pensé que viviría en París, por siempre y para siempre. Incluso feliz (feliz como en una película de cineasta papamoscas). De hecho, también pedí París, pero ellos..., ellos deciden por mí...

E insisten en poner cara a mi nombre y apellido exóticos, como si lo lejano supurara una magia inédita, un misterio por resolver y ante el cual caer fascinado. Pobres ilusoso, ¿y si sólo soy una esfinge sin secreto, como con la que Wilde escribió uno de mis relatos preferidos?

Pero les he gustado, a esos fantasmas poderosos, y eso merece cierto orgullo, ¿no? Aunque si no acudo a esa entrevista su apabullante estela de hipotéticos y anhelos londinenses se disipará rápidamente, como el último lamento de un corazón al fin maduro, al fin REALISTA.

miércoles, 11 de febrero de 2009

La Pequeña, de Louis Malle


Otra de esas películas que ponen los pelos como escarpias pero que hipnotizan a todo incauto que caiga en sus redes hasta que las entrañables palabras "The End" irrumpen en pantalla...

La Pequeña supuso el debut en el cine de una jovencísima Brooke Shields, que a sus doce años interpretó a una prostituta infantil en esta polémica cinta del director francés Lois Malle (del que recomiendo la enternecedora Adiós muchachos).

Muchos fueron los que acusaron a Teri Shields, la madre de la guapa y aristocrática actriz (su familia paterna entronca con la aristocracia europea y con los primeros colonizadores norteamericanos) de ambiciosa y manipuladora, ya que no dudó en que su hija apareciera desnuda y en situaciones explícitamente sexuales a tan corta edad a cambio de gloria y fama.
La propia Shields, que protagonizó después la también polémica El lago azul, confesaría años más tarde que le hubiera gustado tener "una vida normal".

Pero cotilleos aparte, creo que merece la pena ver la película aunque, en efecto, sea bastante desagradable conocer la historia (supuestamente ficticia) de esa niña que vive en un burdel sureño junto con su madre prostituta (al invisible padre apenas se le menciona) y sus compañeras de oficio; y que no puede, de ningún modo, escapar a su destino. Y eso que un peculiar y sensible fotógrafo que acude al burdel a inmortalizar la belleza decadente de sus meretrices se enamora perdidamente de ella en un claro homenaje a la Lolita de Nabokov.

Pero dicho fotógrafo, consciente de que a la pequeña se le está robando impunemente la infancia, en vez de rescartarla de su aciaga condena, no hace más que agravar el crimen: se la lleva a su casa y se casa con ella para saciar así la obsesiva pasión que siente por la niña de belleza turbadora.

La película es, en verdad, poco agradable de ver. La amoralidad lo inunda todo hasta llevar al espectador al borde de la náusea. La madre de la niña, una estupenda y creíble Susan Sarandon, ve normal que su vástaga siga su camino, al igual que toda la familia que forma el burdel y que constituye la vida cotidiana y "normal" de la niña. El único que parece sufrir por la joven víctima es el pianista negro del lugar, pero su triste mirada reprobatoria queda tan sólo en eso: en una mirada.

Cuando cumple doce años se subasta su virginidad en un rocambolesco evento en el que se la pasea por los aires vestida como una delicada muñeca de cubrecama salpicada de grotesco maquillaje, una suerte de ofrenda a los dioses de la crueldad. Los pujadores, pedófilos insaciables camuflados tras elegantes trajes sastre, claman lividinosos por alzarse con el codiciado objeto del deseo en una de las escenas más estomagantes del filme; tanto, que provocó que una amiga mía tuviera que apagar el vídeo unos instantes antes de retomar el visionado. No pudo digerir el asco que le produjo contemplar aquella bofetada a la moralidad más básica de nuestro "mundo civilizado" (que hace la vista gorda, no obstante, al turismo sexual en lugares como el sudeste asiático).

Y si el momento de la subasta horroriza, qué decir del que muestra el estado en el que queda la víctima tras su primer encuentro sexual con el orondo y elegante cliente que gana "la puja". El dolor físico de la niña, semidesnuda sobre la cama deshecha, sí logra despertar, entonces, la preocupación y compasión de su madre y de sus compañeras, pero todo termina en una innecesaria lluvia de risas tranqulizadoras, como si sólo hubiera sufrido un mal necesario, algo inevitable de su nuevo trabajo.

Pero no nos engañemos, la película no es una simple serie de escenas morbosas creadas a mayor gloria de los espectadores más perversos, sino una denuncia del robo de la infancia y la hipocresía de las clases sociales porque, al final de la película (NO LEER SI NO SE QUIERE CONOCER EL FINAL) Susan Sarandon, reconvertida en fina dama gracias al matrimonio con un cliente enamorado, vuelve a buscar a su hija, abandonada en un matrimonio imposible con el fotógrafo/ Humbert Humbert. Y es entonces cuando explica a la criatura que a partir de ya comenzará a acudir al colegio y que será una niña de verdad. De hecho, su acaudalado y comprensivo marido le compra vistosa (y tupida) ropa infantil y le regala un objeto profético, el símbolo final de esa infancia que la cría ya ha perdido por mucho que quieran reimplantársela de forma burda y dolorosamente tardía: un osito de peluche.

La cara de estupor e incredulidad de Brooke Shields, clavada en el objetivo mientras aparecen las letras de crédito y suena la música final, nos vuelve a abofetear sin miramientos: la hipocresía de las apariencias pretende borrar de un plumazo las atrocidades varias que contaminan nuestras personas, nuestros actos, nuestras vidas.