Ella, ella, ella...
La pregunta no es dónde está, ubi est?, ella,
y todo lo grande que nos aguardaba,
la pregunta es,
¿de qué sirvió? ¿De qué sirvió todo?
Sirvió de nada: de Nada. NADA.
Porque hubo, sí, hubo,
combates a muerte de miradas suplicantes,
allá, en los prolegómenos de la vida,
allá, en las aulas frías,
del colegio de niños ricos y tristes.
Sobrevivimos a la edad maldita,
a los estudios infinitos, y a las musas
sacrificadas,
crecimos y los niños morimos,
pero, ¡ay! ¿En qué lugar te perdí del todo?
Ahora lloro por la pizarra horrenda, los ojos
enrojecidos de hastío, los profesores apestosos,
las lecciones de guillotina...
Pude enamorarte allá, en la academia de
ovejas luciferinas,
¡gracias, gracias, años colegiales,
fuistes el lecho de mi amor bastardo!
La Humildad, la Humildad, la Humildad,
siempre rindiendo pleitesía a la Humildad...
Pero, ¿de qué carajo te sirvió la Humildad, madre?
¿De qué?
La cabeza baja, la espalda encorvada, la mirada suplicante,
el porte sombrío, las manos temblorosas.
Perdón PLUS perdón PLUS perdón...
Perdonadme por ser así, por tener,
1,2,3,100 cosas envidiables.
Compaderos, compadeceros, compadeceros de mí,
¡soy buena! ¡Venid y os lo demostraré!
La Humildad, ¿aún sigues, mamita mía,
postrada ante esa fulana?
Clama al cielo que así sea:
el enemigo se cebó más cruelmente al
descubrirte sierva de ella.
Moriré deshilachado
una tarde de lluvia sucia y sudorosa, tras un paseo oscuro.
Moriré sobre la cama fría
de mi Bilbao de pesadilla.
Moriré deshilachado,
con un tomo de Rimbaud entre las manos,
y cuando entierren mi cuerpo
se preguntarán (ellos, los ignorantes, los obtusos),
¿qué demonios leía este muchacho?
(si era joven, si era, sobre todo, Hermoso).