Nuevo relato
No sé por qué los seres humanos nos empeñamos en elaborar rebuscadas directrices morales que lo único que provocan es que deseemos, con toda nuestra alma, violar flagrantemente tanta corrección impostada. Por ejemplo: constituye una conducta comúnmente reprobable rebuscar en los objetos personales de otra persona sin que ella lo sepa, pero ¿y si los motivos que nos empujan a ello bien merecerían mil y una transgresiones éticas? ¿Acaso la sospecha de infidelidad por parte de nuestras parejas no nos puede empujar a hacer algo así?
Yo mandé al cuerno todas estas falacias políticamente correctas en el momento que decidí introducirme en el santísimo despacho privado de mi esposa, psiquiatra reconocida, y comprobar si mis sospechas eran ciertas: si era verdad que estaba manteniendo una relación extramatrimonial. El aguijón de los celos llevaba agujereándome varias semanas ante conductas aparentemente sospechosas en Eve, como llegar a casa un par de horas más tarde de lo habitual o faltar al hospital varios días seguidos por catarros y gripes de los que apenas percibía yo verdaderos efectos, aunque ella se molestara en representar pantomimas con decenas de pañuelos de papel y antibióticos; pero un día que decidió quedarse en casa aquejada de una jaqueca, la descubrí: salí mucho antes del bufete y cuando llegué a casa comprobé que ella no estaba. Cuando al fin apareció, palideció al verme, y se disculpó: “Me encontraba mejor y decidí salir a dar un paseo…”. Pero yo no la creí.
Y también estaban las habituales llamadas que recibía y realizaba con su teléfono móvil, jamás con el fijo. Nunca hablaba delante de mí, cuchicheaba por lo bajo cuando notaba mi presencia, y lo más sospechoso de todo: Eve estaba contenta, risueña, con una cara de felicidad perenne, rozando el embobamiento, que, francamente, me sacaba de quicio. Incluso pensé que estaba tomando alguna droga, porque hacía mucho que no la veía así, mucho: desde la muerte de Laura. Por esto, por todas mis sólidas sospechas, violé mi promesa de no hurgar jamás de los jamases en sus asuntos privados, o lo que es lo mismo: en el despacho que tenía en casa, más concretamente, en sus dos cajones cerrados con llave, atestados de mil y un secretos, al parecer. Ella decía que eran archivos, expedientes e historiales médicos importantísimos, que podían comprometerla a ella y a sus pacientes, y que no eran de la incumbencia de nadie, y en “nadie” estaba yo incluido.
Pero una infidelidad era una excepción a todas luces permitida, al menos según mi escala de valores. Así que aproveché una tarde que Eve había salido, para enfrentarme a los dichosos cajones. Cuando logré abrir el primero con técnicas de película de espías, algo dentro de mí se derrumbó porque allí había pruebas suficientes, en forma de un par de billetes de avión y varias guías turísticas, libros y planos, que confirmaban mis sospechas: Eve se iba a fugar, en menos de cinco días, con un tal Iván García a Chile, a los Andes patagónicos. Tras diez años de matrimonio y una terrible crisis superada tras lo de Laura, Eve me abandonaba. Y en cuanto a Iván García, el nombre que figuraba en el billete de avión que Eve guardaba en un sobre junto al suyo, ¿de qué me sonaba? Hice memoria y sentí que la sangre me hervía aún más cuando recordé quién era aquel García: se trataba de uno de los chavales del centro de protección de menores donde Eve había trabajado un tiempo. Dentro de los límites que le permitía su secreto profesional, Eve me había hablado de aquel muchacho sudamericano al que, tras un concierto de Bruce Springsteen, habían dado una paliza y robado todas sus pertenencias. El crío, aparte de su nombre, no recordaba nada de su vida, al parecer; y tras duras e infructuosas búsquedas sin encontrar a ningún familiar ni ser querido que le reconociera, y sin documentación ni nada que ayudara, se llegó a la conclusión de que el muchacho debía de ser una suerte de buscavidas sin pena ni gloria. En el centro le atendieron, le asesoraron, le reeducaron, le dieron techo y comida, y cuando cumplió la mayoría de edad, le consiguieron un empleo en un centro comercial y un pequeño apartamento. Aquél era Iván García. Mi esposa se iba con él a Chile, probablemente, su país de origen.
martes 24 de noviembre de 2009
domingo 22 de noviembre de 2009
Última noche en el Venice Simplon (6)
—¡Valiente tremendista! —exclamó Williams mostrando un gesto de susto forzado en su rostro de belleza patricia—. Aún es usted joven, monsieur Chevallier, ¿quién le dice que en un año, en dos, en cinco, me da igual, no le vuelvan a pinchar las musas?
—Sin ánimo de contradecirle de forma tan cruda, mister Williams —defendió Gerard su triste situación—, le confesaré que esto no tiene remedio.
—¿Pero de qué vivirá entonces si ya no escribe?
—Déjeme que le diga que he ganado dinero suficiente con mis tres libros como para vivir sin preocupaciones durante una buena temporada. Además, Diane, me ha sugerido que quizás pueda trabajar como profesor…
—¿Diane? —preguntó el inglés mirando de nuevo el reloj de pulsera de Gerard.
—Sí, Diane, mi prometida.
—Así que en París se reunirá usted con una mujer de la que parece estar enamorado…
—Lo estoy, amigo. Este viaje me ha ayudado a comprender lo mucho que la quiero y que, perdón por la sobredosis de glucosa, deseo envejecer junto a ella.
—Pues es usted muy afortunado, Gerard —dijo el inglés con un deje melancólico.
—¿Y usted? ¿Es que no tiene a nadie? ¿Esposa, novia, amiga…? —trató Gerard, poco sutilmente, de arrancar a mister Williams algún dato sobre su vida. Pero el aludido negó muy serio con la cabeza y se escabulló sin vacilar.
—El amor de esa Diane le ayudará, con toda seguridad, a aliviar su frustración…
—Yo no estoy frustrado, mister Williams— afirmó incómodo Gerard.
—No discutiré con usted sobre eso, pero apuesto a que le gustaría llegar a su casa, tras casi dos años de ausencia, con una gran historia que regalar a sus lectores, ¿o no? —inquirió el hombre con gesto de zorro astuto.
—Por supuesto que sí, pero mi viaje llega ya a su fin y tal cosa no ha ocurrido, mister Williams: esa historia no existe —replicó un cada vez más molesto Gerard. Intuía que aquel hombre iba a darle en breves momentos alguna clase de sorpresa, y no se equivocaba.
—¿Sabe una cosa, Chevallier? Aparte de que, como ya le he confesado, siento una profunda devoción por sus libros, le diré que me ha caído usted bien, francamente bien. Y he de reconocer que rara vez alguien me cae tan bien como usted, y mucho menos a la media hora de conocerle, como es su caso. Parece un tipo noble, sensato, culto, y lo que es más loable, humilde pese a su éxito. Lamentaría mucho que no escribiera usted nunca más. Por eso le propondré algo: me ofrezco a relatarle en cinco minutos, ni uno más ni uno menos, una apasionante historia que seguro que consigue reavivar su creatividad. Y cuando termine, si no le queda más remedio que reconocer que le he concedido un material lo suficientemente excitante como para revivir a su exigua tenia inspiradora, me regalará su Rolex.
—¿Cómo dice? ¿Que me dará una trama maravillosa a cambio de mi Rolex? ¿Pero tiene usted idea de cuánto cuesta este reloj? —preguntó Gerard entre la histeria y la indignación señalando su preciada y querida joya. Aquel inglés debía de estar definitivamente chiflado.
—No, no…, creo que usted no me ha entendido…No le digo que me dé su reloj a cambio de una historia, sino que me lo regale sólo si lo que a continuación le voy a narrar logra despertar en su espíritu la pasión suficiente como para condensarlo en una novela: en su cuarta e imposible novela.
—¿Y se puede saber por qué quiere mi reloj?
—Sin ánimo de contradecirle de forma tan cruda, mister Williams —defendió Gerard su triste situación—, le confesaré que esto no tiene remedio.
—¿Pero de qué vivirá entonces si ya no escribe?
—Déjeme que le diga que he ganado dinero suficiente con mis tres libros como para vivir sin preocupaciones durante una buena temporada. Además, Diane, me ha sugerido que quizás pueda trabajar como profesor…
—¿Diane? —preguntó el inglés mirando de nuevo el reloj de pulsera de Gerard.
—Sí, Diane, mi prometida.
—Así que en París se reunirá usted con una mujer de la que parece estar enamorado…
—Lo estoy, amigo. Este viaje me ha ayudado a comprender lo mucho que la quiero y que, perdón por la sobredosis de glucosa, deseo envejecer junto a ella.
—Pues es usted muy afortunado, Gerard —dijo el inglés con un deje melancólico.
—¿Y usted? ¿Es que no tiene a nadie? ¿Esposa, novia, amiga…? —trató Gerard, poco sutilmente, de arrancar a mister Williams algún dato sobre su vida. Pero el aludido negó muy serio con la cabeza y se escabulló sin vacilar.
—El amor de esa Diane le ayudará, con toda seguridad, a aliviar su frustración…
—Yo no estoy frustrado, mister Williams— afirmó incómodo Gerard.
—No discutiré con usted sobre eso, pero apuesto a que le gustaría llegar a su casa, tras casi dos años de ausencia, con una gran historia que regalar a sus lectores, ¿o no? —inquirió el hombre con gesto de zorro astuto.
—Por supuesto que sí, pero mi viaje llega ya a su fin y tal cosa no ha ocurrido, mister Williams: esa historia no existe —replicó un cada vez más molesto Gerard. Intuía que aquel hombre iba a darle en breves momentos alguna clase de sorpresa, y no se equivocaba.
—¿Sabe una cosa, Chevallier? Aparte de que, como ya le he confesado, siento una profunda devoción por sus libros, le diré que me ha caído usted bien, francamente bien. Y he de reconocer que rara vez alguien me cae tan bien como usted, y mucho menos a la media hora de conocerle, como es su caso. Parece un tipo noble, sensato, culto, y lo que es más loable, humilde pese a su éxito. Lamentaría mucho que no escribiera usted nunca más. Por eso le propondré algo: me ofrezco a relatarle en cinco minutos, ni uno más ni uno menos, una apasionante historia que seguro que consigue reavivar su creatividad. Y cuando termine, si no le queda más remedio que reconocer que le he concedido un material lo suficientemente excitante como para revivir a su exigua tenia inspiradora, me regalará su Rolex.
—¿Cómo dice? ¿Que me dará una trama maravillosa a cambio de mi Rolex? ¿Pero tiene usted idea de cuánto cuesta este reloj? —preguntó Gerard entre la histeria y la indignación señalando su preciada y querida joya. Aquel inglés debía de estar definitivamente chiflado.
—No, no…, creo que usted no me ha entendido…No le digo que me dé su reloj a cambio de una historia, sino que me lo regale sólo si lo que a continuación le voy a narrar logra despertar en su espíritu la pasión suficiente como para condensarlo en una novela: en su cuarta e imposible novela.
—¿Y se puede saber por qué quiere mi reloj?
lunes 16 de noviembre de 2009
Última noche en el Venice Simplon (5)
La ansiosa curiosidad de Gerard no podía por menos de sentirse excitada por aquel ser. Ya le había sucedido en muchas, en innumerables ocasiones, sentirse atraído por un personaje que, al menos aparentemente, desprendía misterio a mansalva. No en vano, las tres novelas que había publicado con tanto éxito se habían basado en sus experiencias con figuras semejantes a las de aquel hombre de la camisa morada: observando los movimientos de personas envueltas en un halo de intriga con las que no había llegado a intercambiar ni una sola palabra, las había terminado por convertir en ejes centrales de historias de todo tipo.
Pero Gerard estaba entonces convencido de que era incapaz de escribir nada más ni con aquella técnica ni con otra, y decidió desviar su atención del desconocido comensal nocturno, y centrarse en el humeante y preciosista plato de carne que le acababan de servir, que sabía, oh sorpresa, a pollo con compota de manzana.
Sin embargo, no pudo disfrutar durante mucho tiempo de su menú, porque aunque sus ojos no pudieran creer lo que veían, en cuestión de segundos el dandi cincuentón se plantó frente a su mesa, y con una sonrisa acompañando su musical acento inglés, se dirigió a Gerard:
—Buenas noches, caballero. No deseo para nada molestarle, pero le seré sincero: creo que es usted Gerard Chevallier, no me equivoco, ¿verdad?
—En absoluto, señor —dijo Gerard visiblemente halagado ya que había llamado la atención de un hombre con semejante aspecto.
—Y como he visto que al igual que yo está cenando en completa soledad, me he preguntado si no le importaría que me sentara con usted. Sólo si le apetece, no se sienta obligado por la dictadura de la cortesía…
Gerard, agradecido e intrigado por aquel tipo de buen ver y excelentes modales, no pudo por menos de contestar afirmativamente, y el inglés se sentó con él tras dar instrucciones para que el casi intacto plato de pasta le fuera trasladado a su nueva ubicación.
El dandi se presentó como mister Williams, sólo como mister Williams, sin apellidos ni más señas. Williams poseía uno de esos tonos de voz, cristalinos y aterciopelados al mismo tiempo, que provocan que uno no se canse jamás de escucharlos. Parecía un tipo amable, pero a Gerard le incomodaba que no apartara la vista de su fabuloso Rolex.
—No me puedo creer que vaya a compartir esta velada con usted, monsieur Chevallier —comentó el hombre observando a Gerard como si fuera una suerte de aparición divina, pero sin caer en la adulación gratuita o en esa clase de devoción que incomoda sobremanera al homenajeado de turno—. He leído sus tres libros con verdadera pasión, y no sabría decirle cuál me ha gustado más, cuál me ha calado más hondo…He copiado en mi agenda numerosas frases de sus novelas que recogen reflexiones existenciales que comparto con usted al cien por cien pero que yo hubiera sido incapaz de poner en palabras como usted ha hecho…Pero dígame, ¿qué le ha traído al Venice Simplon? Solo, además…
Gerard dudó, en milésimas de segundo, si merecía la pena confesarle a aquel desconocido que tras una infructuosa búsqueda en pos de la inspiración había decidido tirar la toalla. Y tras evaluar brevemente el gesto tranquilo y afable del tal mister Williams, al que seguramente no volvería a ver después de ese viaje, decidió no mentirle.
—Que se le ha muerto la inspiración, me dice; pues qué lástima…Pocos escritores contemporáneos logran llegarme al corazón, y usted créame que lo ha conseguido —confesó mister Williams con la mano derecha posada sobre el pecho, casi en el corazón—. Esperaba como agua de mayo su nueva obra. ¿No puede tratarse lo suyo de una crisis pasajera?
—No es mi intención decepcionarle, mister Williams, pero creo que esto es definitivo…—declaró un estoico Gerard antes de dar un sorbo a su copa de champagne.
Pero Gerard estaba entonces convencido de que era incapaz de escribir nada más ni con aquella técnica ni con otra, y decidió desviar su atención del desconocido comensal nocturno, y centrarse en el humeante y preciosista plato de carne que le acababan de servir, que sabía, oh sorpresa, a pollo con compota de manzana.
Sin embargo, no pudo disfrutar durante mucho tiempo de su menú, porque aunque sus ojos no pudieran creer lo que veían, en cuestión de segundos el dandi cincuentón se plantó frente a su mesa, y con una sonrisa acompañando su musical acento inglés, se dirigió a Gerard:
—Buenas noches, caballero. No deseo para nada molestarle, pero le seré sincero: creo que es usted Gerard Chevallier, no me equivoco, ¿verdad?
—En absoluto, señor —dijo Gerard visiblemente halagado ya que había llamado la atención de un hombre con semejante aspecto.
—Y como he visto que al igual que yo está cenando en completa soledad, me he preguntado si no le importaría que me sentara con usted. Sólo si le apetece, no se sienta obligado por la dictadura de la cortesía…
Gerard, agradecido e intrigado por aquel tipo de buen ver y excelentes modales, no pudo por menos de contestar afirmativamente, y el inglés se sentó con él tras dar instrucciones para que el casi intacto plato de pasta le fuera trasladado a su nueva ubicación.
El dandi se presentó como mister Williams, sólo como mister Williams, sin apellidos ni más señas. Williams poseía uno de esos tonos de voz, cristalinos y aterciopelados al mismo tiempo, que provocan que uno no se canse jamás de escucharlos. Parecía un tipo amable, pero a Gerard le incomodaba que no apartara la vista de su fabuloso Rolex.
—No me puedo creer que vaya a compartir esta velada con usted, monsieur Chevallier —comentó el hombre observando a Gerard como si fuera una suerte de aparición divina, pero sin caer en la adulación gratuita o en esa clase de devoción que incomoda sobremanera al homenajeado de turno—. He leído sus tres libros con verdadera pasión, y no sabría decirle cuál me ha gustado más, cuál me ha calado más hondo…He copiado en mi agenda numerosas frases de sus novelas que recogen reflexiones existenciales que comparto con usted al cien por cien pero que yo hubiera sido incapaz de poner en palabras como usted ha hecho…Pero dígame, ¿qué le ha traído al Venice Simplon? Solo, además…
Gerard dudó, en milésimas de segundo, si merecía la pena confesarle a aquel desconocido que tras una infructuosa búsqueda en pos de la inspiración había decidido tirar la toalla. Y tras evaluar brevemente el gesto tranquilo y afable del tal mister Williams, al que seguramente no volvería a ver después de ese viaje, decidió no mentirle.
—Que se le ha muerto la inspiración, me dice; pues qué lástima…Pocos escritores contemporáneos logran llegarme al corazón, y usted créame que lo ha conseguido —confesó mister Williams con la mano derecha posada sobre el pecho, casi en el corazón—. Esperaba como agua de mayo su nueva obra. ¿No puede tratarse lo suyo de una crisis pasajera?
—No es mi intención decepcionarle, mister Williams, pero creo que esto es definitivo…—declaró un estoico Gerard antes de dar un sorbo a su copa de champagne.
lunes 2 de noviembre de 2009
Última noche en el Venice Simplon (4)

Cuando una vez arreglado se contempló en el espejo de su baño privado, comprobó que continuaba siendo bastante atractivo pese a su delgadez, y que su piel estaba más dorada y brillante que nunca gracias a los soles de los exóticos parajes que le habían visto en los últimos meses. En aquel espejo de medio cuerpo volvió a reconocer al cultivado y lenguaraz muchacho burgués que había conquistado a todos con su arrebatador estilo sin precedentes. Y se maldijo en silencio por no ser capaz de seleccionar, de entre todas las historias y experiencias recolectadas durante su interminable viaje, las semillas precisas para escribir algo nuevo, algo bueno. Volvía a París con las manos vacías.
El tren poseía tres vagones restaurante, y Gerard escogió uno llamado L’Étoile du Nord, La Estrella del Norte, por el simple hecho de que era el nombre que más le gustaba. Como se imaginaba, las gentes que por allí se movían iban de punta en blanco, luciendo vestimentas y joyas que hacían que su caro traje de impecable corte y luminoso tejido se asemejara al modesto uniforme de un simple y correcto camarero, hasta el punto de que una pareja de octogenarios emperifollados llegaron a pedirle dos san franciscos cuando pasó cerca de su mesa. Pero Gerard no se molestó, estaba de muy buen humor: volvía a casa y se encontraba en un lugar espléndido, donde el lujo y la exquisitez brotaban sin límites en cada rincón, algo que de lo que no se había empachado precisamente en su vuelta al mundo, ya que, firmemente convencido de que lo “auténtico” germinaba sólo en las zonas más alejadas de la mano de Dios, se había movido principalmente por aldeas apenas civilizadas, hoteluchos de mala muerte y un sinfín de garitos poco recomendables.
La noche había caído ya sobre el tren, y las luces que iluminaban La Estrella del Norte, provocaban que las exquisitas cuberterías y cristalerías resplandecieran tanto como los diamantes y los gemelos de sus divinos ocupantes.
Gerard ocupó una mesa situada al final del vagón. Cuando comía solo, algo que llevaba haciendo casi dos años, no le gustaba situarse en el ojo del huracán. Y no por miedo a que se le acercara algún fan desquiciado (durante su largísimo viaje sólo había sido reconocido en media docena de ocasiones por discretísimos admiradores), sino porque le gustaba más observar que ser observado; al fin y al cabo, era o había sido, narrador de vidas ajenas.
Pidió al camarero alguna de aquellas exquisiteces que la carta mostraba —y que, al final, siempre sabían a lo mismo: a pollo con compota de frutas—, y mientras disfrutaba de su copa de champagne helado, miró con curiosidad a su alrededor. Comprobó que la edad media de los comensales sería de unos setenta y ocho años. Estaba claro que el ambiente recargado (y algo rancio) del Venice Simplon atraía más a las generaciones vetustas que a la nueva y joven clase alta, más interesada en fiestas desenfrenadas en cruceros monumentales. Sólo él y otro hombre que cenaba solo, situado a apenas dos mesas de la suya, rebajaban la media. Se trataba de un apuesto cincuentón tan elegantemente vestido como el resto de los pasajeros, pero con un toque de encanto dandi; lucía su aún abundante cabello rubio peinado hacia atrás y una camisa de seda morada bajo su impecable americana de terciopelo negro. Picoteaba con ostensible desgana un plato de pasta; masticaba sin apenas mover la larga boca de su agradable rostro, dotado de una amplia nariz, un poderoso mentón tan pálido como el resto de su piel, y un par de incisivos ojillos celestes que, pese a estar aparentemente concentrados en observar el paisaje negro que corría tras la ventana, miraban de reojo hacia donde Gerard se encontraba. Aquel hombre era, sin duda alguna, uno de esos personajes que con su sola presencia consiguen eclipsar a la práctica totalidad de los elementos presentes en su radio de acción y atraer hacia sí todas las miradas.
martes 20 de octubre de 2009
Última noche en el Venice Simplon (3)

El viajar de forma continua y en completa soledad a lo largo y ancho del mundo durante tantas semanas, además de un puñado de desagradables anécdotas (como una dolorosa enfermedad causada por un parásito en un pueblecito de Kenia, o un robo a punta de pistola en Nueva York), habían causado evidentes estragos físicos y psíquicos en Gerard, por lo que las palabras que Diane le había dedicado en su última llamada telefónica unidas a su desoladora estampa, le condujeron rápidamente a la decisión de acabar definitivamente con su periplo mundial y regresar a París, aunque fuera sin ninguna historia que ofrecer a sus insistentes editores.
Atrás quedaban Nueva York, Nueva Orleáns, México, California, Alaska, las islas Hawai, Nueva Zelanda, Japón, China, la India, Rusia, Irán, Siria, Egipto, Kenia, Grecia o Italia, su último destino, testigos todos estos lugares de sus infructuosos intentos por empaparse de una nueva savia que, a modo de combustible, pusiera de nuevo en marcha su maquinaria creadora. Gerard volvía a casa.
Atrás quedaban Nueva York, Nueva Orleáns, México, California, Alaska, las islas Hawai, Nueva Zelanda, Japón, China, la India, Rusia, Irán, Siria, Egipto, Kenia, Grecia o Italia, su último destino, testigos todos estos lugares de sus infructuosos intentos por empaparse de una nueva savia que, a modo de combustible, pusiera de nuevo en marcha su maquinaria creadora. Gerard volvía a casa.
A través de la ventana del compartimiento, el paisaje que le llegaba continuaba siendo verdoso y aún soleado pese a que el fin de la jornada se acercaba. Mientras se desperezaba tras una siesta que había durado tres horas, sonrió con la boca abierta y dejó escapar un hondo y largo gemido liberador. Luego, desechando de su equipaje las abundantes ropas descoloridas y holgadas que en los últimos tiempos había portado, comenzó a engalanarse a conciencia, ya que era de dominio público que todos los pasajeros del selecto Venice Simplon cuidaban hasta el extremo su aspecto. Así que peinó y domó lo mejor que pudo sus abundantes cabellos castaños, necesitados urgentemente de un buen corte, cubrió su escuálido cuerpo con uno de aquellos trajes caros que había vestido en importantes eventos culturales y sociales, y colocó en su muñeca el objeto más caro que se había llevado con él y por el que siempre había temido, aunque ningún caco había logrado arrebatárselo: un caro reloj de la marca Rolex, valorado en una cifra que causaba vértigo, capricho que se había permitido desembolsando parte del dinero logrado con las ventas de su primer libro.
Objetos de los que se fueron
Cuando los muertos se van deberían llevarse todas sus cosas; sus casas, incluso, si resulta que tras su partida van y las dejan vacías...Porque a los que nos quedamos en tierra nos toca recoger, gestionar, administrar, tirar, eliminar, regalar, robar...Esto último es lo peor: porque a veces resulta que no nos queda otra que heredar y quedarnos con cosas que en vida fueron de ellos.
Hemos estado en su casa recogiendo y clasificando y no puedo evitar sentirme como un vulgar ratero: la hemos saqueado, vilmente. Joyitas, recuerdos, fotografías antiguas, vestidos perfumados con naftalina...Y se me ha hecho un nudo en la garganta cuando he visto que las humedades seguían devorando el techo de la cocina, aquellas humedades que, como insidiosos agujeros negros, tanto le preocupaban, "habrá que hablar con la comunidad, nadie hace nada, ¿cuánto dinero me costará?", y mientras limpiaba dos pescaditos, su segundo plato (ella siempre comía dos platos y postre), y me invitaba, "¿quieres que paseemos por el parque? Ya sé que te gusta pasear por el parque los días de sol". Claro que me encanta pasear por el parque los días de sol, acompañado, si es posible...Qué bien me conocía, cómo me quería. "Tú con los amigos no tienes mucha suerte, ¿verdad?", me solía decir. Y yo asentía.
De amor no hablábamos. Era tabú. Ella lo sabía. Mi pudor casi enfermizo me impedía hablarle a ella de mis amores. "Tú con los amigos no tienes mucha suerte, ¿verdad?", y yo asentía, y le contaba el último disgusto que me habían dado...Pero ahora, todo ha cambiado: tengo amigos, ella no está y en el cajón de mi cómoda guardo sus joyitas, aquellas que nunca debían haberla abandonado.
Hemos estado en su casa recogiendo y clasificando y no puedo evitar sentirme como un vulgar ratero: la hemos saqueado, vilmente. Joyitas, recuerdos, fotografías antiguas, vestidos perfumados con naftalina...Y se me ha hecho un nudo en la garganta cuando he visto que las humedades seguían devorando el techo de la cocina, aquellas humedades que, como insidiosos agujeros negros, tanto le preocupaban, "habrá que hablar con la comunidad, nadie hace nada, ¿cuánto dinero me costará?", y mientras limpiaba dos pescaditos, su segundo plato (ella siempre comía dos platos y postre), y me invitaba, "¿quieres que paseemos por el parque? Ya sé que te gusta pasear por el parque los días de sol". Claro que me encanta pasear por el parque los días de sol, acompañado, si es posible...Qué bien me conocía, cómo me quería. "Tú con los amigos no tienes mucha suerte, ¿verdad?", me solía decir. Y yo asentía.
De amor no hablábamos. Era tabú. Ella lo sabía. Mi pudor casi enfermizo me impedía hablarle a ella de mis amores. "Tú con los amigos no tienes mucha suerte, ¿verdad?", y yo asentía, y le contaba el último disgusto que me habían dado...Pero ahora, todo ha cambiado: tengo amigos, ella no está y en el cajón de mi cómoda guardo sus joyitas, aquellas que nunca debían haberla abandonado.
domingo 18 de octubre de 2009
Última noche en el Venice Simplon (2)

Los grandes críticos y editores, los mandamases culturales, los más respetados señores del mundo de la literatura, al coronarle como el nuevo y flamante enfant terrible de las letras francesas, le habían condenado también a la presión de ser constantemente un autor brillante y rompedor sin importarles lo más mínimo su bienestar como ser humano. Eran, tal y como la dulce Diane denunciaba, una horda de avariciosas alimañas tan sólo interesadas en hacer dinero a su costa. Y sucedía que Gerard ya no daba más de sí. Al fin lo había comprendido. Diane era lo único auténtico y valioso en su vida y se entregaría a ella en cuerpo y alma. La amaba tanto que en todo aquel tiempo no había podido traicionarla acostándose con otras mujeres, pese a que no habían sido pocas las tentaciones. Los remordimientos no le hubieran dejado vivir. Ella siempre le había apoyado ciegamente desde el principio.
Su primera novela había sido un éxito rotundo, un clamoroso y revolucionario debut literario que muchos compararon con el de Radiguet y su El diablo en el cuerpo. La segunda, pese a los comprensibles temores de sus editores, le había elevado aún más en la imposible lista de los más vendidos y a la vez alabados por la crítica.
Y con la tercera de sus obras, aplastando los insidiosos rumores que apuntaban a que el fenómeno Chevallier debía dar ya, al menos, algún paso hacia atrás en su carrera hacia el éxito, había terminado por incrustarse en el firmamento de los gloriosos.
Había sido tal la admiración y veneración que despertaba, que algún que otro entendido en la materia se había atrevido a augurar que de seguir condensando en obras tan logradas su gran talento, podía ser que en un futuro no muy lejano el aún joven autor fuera un serio candidato al premio Nobel. Pero entonces, mientras el Venice Simplon devoraba raíles y más raíles, las cosas eran totalmente diferentes, porque tras veintidós meses pululando por el mundo sin pausa ni tregua, Gerard Chevallier había llegado a la triste conclusión de era incapaz de escribir una cuarta y deslumbrante novela. Le ocurría, sencillamente, que su vena creativa, su harén de musas o como quisiera llamarse al misterioso ente que desde bien niño le había susurrado estupendas historias que narrar, se había cansado de él y se había evaporado, dejándole inerte, silencioso y marchito, sin nada que mereciera la pena ser ofrecido a la masa lectora, siempre suplicando por nuevos libros con los que evadirse de la triste vida terrenal. Debía comenzar a aceptar que era probable que todo su talento se hubiera agotado definitivamente en las tres novelas que le habían encumbrado antes de cumplir los treinta y tres años.
Su primera novela había sido un éxito rotundo, un clamoroso y revolucionario debut literario que muchos compararon con el de Radiguet y su El diablo en el cuerpo. La segunda, pese a los comprensibles temores de sus editores, le había elevado aún más en la imposible lista de los más vendidos y a la vez alabados por la crítica.
Y con la tercera de sus obras, aplastando los insidiosos rumores que apuntaban a que el fenómeno Chevallier debía dar ya, al menos, algún paso hacia atrás en su carrera hacia el éxito, había terminado por incrustarse en el firmamento de los gloriosos.
Había sido tal la admiración y veneración que despertaba, que algún que otro entendido en la materia se había atrevido a augurar que de seguir condensando en obras tan logradas su gran talento, podía ser que en un futuro no muy lejano el aún joven autor fuera un serio candidato al premio Nobel. Pero entonces, mientras el Venice Simplon devoraba raíles y más raíles, las cosas eran totalmente diferentes, porque tras veintidós meses pululando por el mundo sin pausa ni tregua, Gerard Chevallier había llegado a la triste conclusión de era incapaz de escribir una cuarta y deslumbrante novela. Le ocurría, sencillamente, que su vena creativa, su harén de musas o como quisiera llamarse al misterioso ente que desde bien niño le había susurrado estupendas historias que narrar, se había cansado de él y se había evaporado, dejándole inerte, silencioso y marchito, sin nada que mereciera la pena ser ofrecido a la masa lectora, siempre suplicando por nuevos libros con los que evadirse de la triste vida terrenal. Debía comenzar a aceptar que era probable que todo su talento se hubiera agotado definitivamente en las tres novelas que le habían encumbrado antes de cumplir los treinta y tres años.
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