miércoles, 25 de noviembre de 2009

Última noche en el Venice Simplon (final)


—Porque vale una fortuna, naturalmente.

—¿Me está queriendo decir que un hombre como usted, con su aspecto y maneras, y pasajero de un tren de lujo, necesita idear una desquiciante apuesta para hacerse con el valioso reloj de otro tipo? —preguntó Gerard desconcertado pero, asimismo, intrigado por la historia que aquel mister Williams pretendía relatarle para hacerse con su Rolex.

—Por favor, no me haga decirle eso tan manido de que las apariencias engañan, monsieur Chevallier —se defendió el inglés sin elevar su dulce tono de voz—. Es evidente que usted da por hecho que yo soy un hombre adinerado y con un charme difícil de imitar, posiblemente uno de esos aristócratas británicos incluidos en la lista de sucesores al trono de la reina Isabel II. Pues créame cuando le digo que está usted profundamente equivocado si piensa así…Jamás adivinaría la clase de hombre que soy. Y resulta que mi condición, por llamarlo de alguna manera, me impide cederle de forma totalmente gratuita, pese a que me gusten usted y sus libros, la suculenta historia que conozco y que sé que le interesará…

—¿Quién o qué es usted realmente, mister Williams? —preguntó un ya incómodo Gerard, agitado por aquella risa nerviosa que le invadía en situaciones en las que no sabía cómo era más correcto actuar.

—Si escucha mi historia, mi breve historia, se hará una idea de quién soy, de lo que soy… —contestó el intrigante hombre sin perder un ápice de su cautivador encanto—. Venga, Chevallier, confíe en mí: no pierde nada por intentarlo. Si mi fábula no le resulta apasionante, no perderá su precioso reloj; pero si sucede lo contrario, créame que la plasmará en una cuarta novela que le devolverá la gloria y le permitirá comprarse decenas de relojes como el que lleva. ¿Acepta?

—Si me comprometo a darle mi reloj sólo si su historia me vuelve loco…, supongo que sí: trato hecho —terminó por afirmar Gerard pese a que una parte de él comenzaba a pensar que estaba tan desquiciado como el inglés de la camisa morada.

Así, con estas palabras, los dos hombres cerraron el peculiar trato y el escritor Gerard Chevallier escuchó atentamente la historia que el tal mister Williams le ofrecía a cambio de su Rolex. Mientras las palabras brotaban de boca del inglés envueltas en su cautivadora voz, el resto de ocupantes de La Estrella del Norte continuaban absortos en sus cenas y en sus chácharas, ajenos a aquella narración que les implicaba como jamás hubieran pensado.

Cuando el inglés terminó de hablar —tal y como había prometido no había tardado más de cinco minutos—, se dirigió a Gerard de este modo:

—¿Qué le parece, monsieur Chevallier? No me diga que mi historia no le ha dejado de piedra, que no le da para una novela…¿Puedo quedarme, entonces, con su Rolex? —preguntó acariciando la dorada pulsera del reloj y clavando sus refulgentes y maliciosos ojos claros en las atónitas pupilas negras de Gerard.

—Es todo suyo, mister Williams —contestó con el ceño fruncido Gerard mientras se desembarazaba de su reloj, desechando así la idea de que aquel chalado le estuviera tomando el pelo. Porque algo le decía que no, que aquel mister Williams no le estaba gastando ninguna chanza, y que si en la hora siguiente, atendiendo escrupulosamente a sus consejos e indicaciones y sin decir nada a nadie, no hacía como él y no saltaba del tren en marcha, volaría por los aires junto al resto de los pasajeros del Venice Simplon.

3 comentarios:

Maese Salakov dijo...

Me gustó mucho. Quizás más al principio -con la descripción del personaje y la situación- que al final -¿un tanto abrupto, no?-, pero en conjunto es muy buen relato: la prosa es impecable, está perfectamente estructurado y no aburre (muy muy importante concepto)...

Felicidades, Ian.

P.D.: Acumulando decepciones. Mire qué cerca ha estado Bali. Mecagüenlavelvet...

http://www.aldeasinfantiles.es/Conocenos/actualidad/noticias/Pages/nota-ganador-concurso-de-cuentos-hermanos.aspx

Ian Grecco dijo...

Me alegro de que te haya gustado, amigo.

Y sí, el final sí que llegó rapidito (mi madre también lo opina); supongo que es lo malo de que te den una extensión máxima y que el plazo para presentar el cuento termine en pocos días (soy un caos y siempre lo mando a última hora...).

Lo bueno de escribir novela es que puedes meter un rollo atroz, pero luego tu editor (si lo encuentras) te tacha y te remienda lo que considere preciso. Y vamos, como ya habrás visto, yo soy de los que tienden al rollo...

¡Y ya he leído tu relato! ¡FELICIDADES! Me ha gustado mucho. Es tierno, ágil, con una base histórica y humana sólida, y perfectamente creíble. Me gusta cómo divides, pulcramente,en pequeños capítulos: agiliza y da aún más interés a la trama.
Además, debes sentirte orgulloso por esa merecida plata entre tantos relatos, y en un concurso tan prestigioso.

Y por cierto: leerte me ha abierto el apetito...Ñam, ñam, ñam...Lástima que en mi casa no haya dulces...

Maese Salakov dijo...

Me siento orgulloso... a medias.

No hace ni diez días que emitieron "Españoles en el mundo - Bali" y la sombra del recuerdo es alargada... Me pena la oportunidad perdida.

Pero en fin, la vida es asín.

P.D.: Yo también envío los relatos siempre a última hora. Es más, creo que es un ritual que da suerte...