miércoles, 6 de febrero de 2008

Reflexiones cronológicas


La gente está obsesionada con la edad.


Muchos se arrepienten de lo que hicieron con tal o cual edad, pero más aún de lo que no hicieron. O se disculpan de atrocidades, errores, meteduras de pata, inconsciencias, amparándose en la edad que les correspondía entonces. Bajo este punto de vista, nunca podremos echar en cara ningún agravio sufrido hace bastantes años (no lo sé, ¿diez o quince años, por ejemplo?), ya que la persona que nos hizo daño no era la misma, estaba sometida a "una edad", anulada como ser humano, diferente y peor. Entonces, ¿en qué medida somo seres racionales y sensibles si nos consideramos meros guiñoles sometidos a la dictadura del reloj? Pensar así equivaldría a afirmar que el tiempo hace que la personalidad que lucimos en cierta época de nuestra vida esté condenada a perecer en cuanto nos adentremos en una nueva etapa existencial. Por lo tanto, ¿morimos y renacemos constantemente a medida que el paso del tiempo opera cambios en nuestros caracteres, convinciones, éticas y valores? ¿cuántos cadáveres arrastra cada persona, personalidades usadas, roídas, y finalmente desechadas?

Qué confuso es todo, y si entra en juego la memoria, la dificultad en determinar qué clase de persona "base" somos desde que nacemos hasta que morimos, crece hasta el infinito: porque la memoria es caprichosa, habrá recuerdos, encuentros, frases, importantes y poderosas que sin embargo acabarán naufragando en el olvido; en cambio, recordaremos para siempre, insistentemente, hechos, diálogos, personas quizás no tan consistentes, pero que nos marcarán para bien o para mal a fuerza de asentarse entre nuestras sienes.

Tampoco son pocos los que consideran la edad avanzada de algunos como un defecto personal; como si tuviéramos nosotros la culpa de llevar no sé cuántos años pisando este planeta, como si dar el nombre "tiempo" al tiempo nos hubiera convertido automáticamente culpables de su constante discurrir. El culto a la juventud es una de las mayores fantochadas que puede cometer el hombre: ¿por qué adorar lo efímero, lo que escapa a la voluntad y el esfuerzo humano, a una virtud que expirará en instantes y de cuyo fatal desenlace ninguno podremos escapar?

Qué tontos somos.

2 comentarios:

paaliy dijo...

es difícil esto que planteas;

supongo que es lógico pensar que hay algo de nosotros que permanece, que "somos" desde siempre y para siempre.

pero también es cierto que las variaciones que puede sufrir una persona a lo largo de su vida pueden ser tan grandes.. que no tengo ni idea de dónde se puede establecer el límite, la frontera de una "personalidad base".
no sé siquiera si existe.

el caso es que he pensado mucho en esto y cada vez tengo más preguntas y menos respuestas. en mi línea, ya sabes.

lo de los "cadáveres que arrastramos" me ha recordado a edu; una vez me dijo que, más que romper con la que yo era hasta entonces y empezar a ser una nueva e., quizá debía pensar en una "e. 2.0"; una versión renovada de mí misma.

lo que sí tengo claro es que valorar algo sólo porque es nuevo, joven.. resulta bastante tonto. pero supongo que detrás de esto está el miedo humano (y comprensible, desde luego) a morir.

a fin de cuentas, envejecer es darse cuenta de que el final está cada vez más cerca..

muy interesante tu post, querido y viejo ian.

Ian Grecco dijo...

Es genial esa idea de versionarse a uno mismo en vez de anularse y a continuación renacer,cual ave fénix. Y es mucho más realista y viable que renunciar a todo lo que uno es y ha sido. Tomaré nota. Aunque creo que Ian 2.0 está en marcha desde que volví de Inglaterra...
Gracias por tu aportación, querida.