miércoles, 16 de abril de 2008

Y más y más...

Y mientras tanto, yo permanecía petrificada, pegada al suelo. Estaba en trance. Hacía tanto tiempo que no me insultaban de forma tan directa, abrupta, cruda, violenta, que no me podía creer que aquello estuviera sucediendo, más bien me sentía como fuera de mí, como si estuviera presenciando lo que le sucedía a un ser ajeno e irreal, una criatura literaria o cinematográfica, pero no a mí, de carne y hueso, a pocos centímetros de las que se estaban burlando en mi cara de mi físico, mi país de origen y mi personalidad. Era terrible que aquellas actitudes tan censurables pudieran darse sin ninguna clase de peaje o castigo. Así, crudas, directas, descaradas: me estaban insultando, lanzando metralla contra mi vulnerable estampa, y nada ni nadie las paraba. Insultos y más insultos. Y yo paralizada, sin saber cómo evitarlo, sin armas ni apoyos para defenderme, que no atacar. La historia volvía a repetirse.