jueves, 13 de noviembre de 2008

Salò o los 120 días de Sodoma: ¡Argh!


Recuperado de los estragos estivales, y bien arropado por el frío de noviembre, tengo ya fuerza suficiente para hablar de una película que me advirtieron que no viera y que pese a todo vi- la prohibición no hace más que excitar la voluntad, y más cuando hay neblinas de morbo rodeando dicho mandato negativo-: Salò o los 120 días de Sodoma, de Pier Paolo Pasolini.

Qué película..., me produjo su visión tantas y encontradas sensaciones..., del asco a la estupefacción, de los deseos de asesinar a su director- se me adelantó la mano invisible que acabó con su vida en 1975, recién terminada la película y antes de que la estrenaran- o de considerarle un genio...Nunca en mi vida había visto tal galería de imágenes escatológicas, sádicas (no en vano se basa en una novela del marqué de Sade), brutales, sexualmente perversas...: una concatenación de horrores para realizar (quiero creer) una crítica al poder, a la ausencia de bondad y empatía en el ser humano.
Pero para los que se atrevan a verla, tengan en cuenta que no es tan ficticio lo que narra, ahí tenemos Abu Graib, Guantánamo, la reciente historia de Argentina, incluso la civilizada Austria, que nos demuestran que el ser humano es capaz de ser lo más inhumano del universo, privándose de empatía, bondad, y esos sentimientos que impiden causar dolor a un semejante.

La película da asco, me gustaría que en una sesión de hipnosis me borraran lo que vi, pero es lo que hay, es una fábula que explica por qué casi siempre ganan los malos.

Y sigo con fragmentos sin sentido

-No, Henry, no: esto es asqueroso, la gente es asquerosa…
-No, ¡maldita sea! ¡Deja ya a la gente en paz! El problema no es la gente, el problema lo tienes tú, ¡acepta la realidad ya, de una vez!
-La realidad apesta.
-¡Es lo que hay!
-No sé, no sé…, yo, ahora, sólo quiero volver a Londres.
-Quieres huir y cuando estés allí, desearás volver a huir y retornarás a Bilbao, o te esconderás en otro sitio, estoy convencido.
-¿Por qué siempre escojo la opción equivocada?- pregunté desesperada al cielo.
-Eso es una falacia. No hay opciones equivocadas. La vida es única e irrepetible. No es un ensayo general. Nunca sabrás si te equivocaste o no; nadie te dejará contemplar el camino justo porque no existe el camino justo- predicó con convicción aquella parrafada algo difícil de asimilar.
-Pero cuando era niña yo sí que sabía cómo quería ser. Y voy a cumplir los dieciocho y no me parezco a esa idea ni por asomo
-Ana: aún eres una niña.
-Una niña chiflada que pretende que el tiempo se detenga para siempre.
-Pero no puedes hacer nada, demonios. ¿Qué quieres? ¿Enfrentarte al mundo, a las leyes cronológicas, a la ley de la naturaleza, a Dios?
-Yo no creo en Dios-mi frase sonó como una hiriente blasfemia frente a la iglesia.
-Mentira, tú sí crees en Dios, en tus propios dioses, más bien.
-Pues esta tarde he matado a mi Diosa, a Laura. Ya no creo en ella.
-Y en mí, ¿crees en mí?
-¡Henry!- grité, gemí- ¡No me vuelvas loca! ¿Cómo que si creo en ti? ¿Qué clase de pregunta es esa?
-¿Crees en mí?- repitió como si nada- Porque yo sí creo en ti.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Y más trocitos que me apetece publicar...

Todo en él era tan inaguantablemente cinematográfico, literario, plástico…Tal y como Henry reconocía, la vida está llena de momentos muertos, puntos espacio temporales en los que no ocurre nada, o al menos, nada que merezca la pena ser relatado. Pero aquella mañana, sentada en las frías escaleras de la puerta trasera del colegio, la vida, la realidad, desafiando al férreo mando de la disciplina cotidiana que prescinde de las escenas oníricas, viví un momento mágico: porque hasta entonces semejante encuentro había sido una ensoñación vaga y nebulosa en mi fantasía que nunca ocurriría. Pero estaba sucediendo lo imposible, estaba pasando: Bartolomé Reinosa estaba, por extraño que pareciera, solo y en mi mismo radio de acción mirándome con curiosidad. Su ruidoso, bello y arropador séquito había desaparecido como por arte de magia, sólo estábamos él y yo y la puerta trasera de Santa Clara como testigo.

Otro extracto...

Ella, siempre tan pálida, famélica y lánguida, bullía en vida, en energía. Tenía las mejillas sonrosadas por el esfuerzo. Parecía otra, vital, desmelenada, desenfrenada. Estoy convencido de que disfrutaba, al fin, de poder “desencorsetarse” de la disciplina de la danza y hacer ejercicio sin pautas ni correcciones. Laura demostraba con sus movimientos y su aguante que se encontraba en una forma física envidiable; estaba claro que tenía una gran formación en una disciplina que exigía tanto esfuerzo y agilidad como el ballet. Pero eran tales los nuevos estímulos que recorrían a aquella muñequita articulada, tan violenta la libertad de la que gozaba entonces, que no pudo controlarse, y finalmente, en un momento dado, cuando la lata le venía a ella, la golpeó con su delicada mano, y en ese golpe, limpio, preciso, elegante, el tiempo se congeló para los que estábamos allí, porque vimos cómo, casi por arte de magia, la trayectoria de la lata, en principio dirigida a Bañuelos, daba un diabólico giro hacia atrás y se precipitaba por la ventana que algún imprudente había dejado abierta. Y al instante, escuchamos un sonido de choque y un instantáneo ¡AY! que llegaban desde el patio trasero, a donde daba la ventana. La lata le había dado a alguien, y el quejido, proveniente de una dolorida voz aguda, debía de haberse escuchado en un kilómetro a la redonda. Cuando se supo quién había sido la víctima del latazo, el destino parecía haber querido conspirar contra nosotros

domingo, 2 de noviembre de 2008

Trozo de "Vida y Muerte del Hombre Caduco" (mi último relato)

Es algo hermoso esto de la autosatisfacción, la falta de preocupaciones, estos días llevaderos, a ras de tierra, en los que no se atreven a gritar ni el dolor ni el placer, donde todo no hace sino susurrar y andar de puntillas.

Hermann Hesse, El lobo estepario



Hace tiempo que comprendí que los seres humanos no caducamos cuando dejamos de respirar o cuando mostramos un encefalograma plano, o cuando nos quedamos en estado vegetativo, perdiendo para siempre la conciencia y el raciocinio. No, señor: caducamos cuando nuestra vida deja de tener sentido, algo que ocurre en el momento que consentimos que pase esa oportunidad única e irrepetible que, de haber sido aprovechada, podría habernos conducido a una existencia completamente diferente y mucho más satisfactoria que la que al final nos acaba prostituyendo hasta el día de nuestra muerte. Por supuesto que al realizar esta tajante afirmación nos estamos moviendo en el territorio de lo hipotético; nunca sabremos a ciencia cierta si hubiéramos sido más felices de haber estudiado esa carrera que todos nos recomendaron rechazar, o de habernos instalado en ese país que al final se nos presentó demasiado lejano y temible, o de haber escogido como pareja a ese hombre o a esa mujer que, pese a hechizarnos, permitimos escapar. Sí, de acuerdo, hablamos de posibilidades remotas, de probables, de posibles, qué sé yo cómo definirlo, pero estoy convencido de que a raíz de lo que acaban de leer no han podido evitar acordarse de sus espinitas particulares, de esos “pudo ser pero no fue” que ustedes también arrastran, ¿a que sí?

miércoles, 8 de octubre de 2008

sábado, 26 de julio de 2008

Adiós

Hola a todos (no sé quiénes serán exactamente "todos", pero allá voy):

escribo este post para anunciar que no voy a volver a escribir en este blog, vamos, que La Arcadia Feliz se sumergirá para siempre en las aguas del olvido...

¿El motivo? Que considero que las razones que me llevaron a crear este espacio, sencillamente, ya no existen. Tengo cosas más importantes que hacer, como estar con otras personas, y como mi tiempo libre es escaso, en mi escala de prioridades, escribir en La Arcadia Infeliz ya no ocupa uno de los primeros puestos. Así que me despido (no pensaba ni escribir esto pero hay que hacer las cosas bien, incluso despedirse).

Gracias a los que me habéis seguido durante estos meses. Y no sé qué más decir, ¡que Ian Grecco se despide de internet que no de las letras! Pronto sabréis a que me refiero...

Paz y amor